Eldorado del norte

El efecto que puede producir la llegada de alguna de nuestras revistas de colorines a cualquier rincón del África desnutrida ha de ser similar al que se apodera de Jiménez de Quesada cuando a sus oídos llega la leyenda de Eldorado.
Páginas dedicadas a la eliminación de la más leve imperfección epidérmica en hombres y mujeres, muestrario de las prendas más sofisticadas sobre los modelos más metrosexuales, perfumes, cremas, coches, aparatos sin límites de funciones, gafas que han de hacer juego con la sombra de ojos y sobre todo, recetas, muchas de recetas de exquisitos platillos a cada cual más apetecible. Eso no es una revista de actualidad, eso es el catálogo del Paraíso, el croquis del jardín de las Hespérides y la gaceta de los hiperbóreos en dicha continua.
¿Problemas? Pocos y asumibles. Que si la duquesa no ve con buenos ojos a Gonzalo Miró, que si Paquirrín echa barriga, que si Ángel monta un Cristo bárbaro con la Rey.
Y nosotros aquí, pensarán ellos, comidos por las moscas, sin agua potable y con la perspectiva de guerras sucesivas para entretenernos. Debemos subir a ese norte maravilloso que derrocha longanizas y se divierte en tomatinas. Bastará que nos sentemos bajo el alféizar de cualquier ventana para que nos caigan los restos de estos epulones rebosantes de lujos asiáticos que por abundantes, menosprecian o despilfarran.
Jiménez de Quesada también creyó que encontraría lo mismo entre el pueblo chibcha, pero Eldorado, de existir, se había agotado hace mucho tiempo. Quizás la revista les haya hecho concebir una sociedad mucho más lujosa de lo que en realidad es, pero en cualquier caso, Europa significa un Eldorado mucho más real para los actuales emigrantes de lo que fue el lago de los chibchas para el explorador español.
El derroche y la miseria se dan la mano en unos kilómetros de valla que ahora va a elevarse tres metros más.

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