Concesiones

2000_espana-hb_emfe2000-tv1La telebasura es deleznable, pero la censura, la moralina, lo políticamente correcto y las multas por pasarse de la raya no lo son menos.

Para reducir lo primero y evitar lo segundo se recurre estos días a la autorregulación, aunque ese término es tan viejo como insustancial, pues o bien bajo él se enmascara un oculto significado de autocensura, o bien define lo que se viene haciendo en libertad desde Gutemberg. ¿Qué medio de comunicación no se autorregula, decide sus contenidos, el tono de su lenguaje, su afán culturizador o sus valores políticos más estimados? Todos lo practican, siempre que no tengan un poder censor superior que lo haga por ellos; verbigratia, España durante el franquismo, o Cuba durante el castrismo.

Lo que ocurre con la televisión en la España actual es una perversión mediante la cual el medio renuncia voluntariamente a su papel in-formativo y se deja arrastrar hacia los contenidos más deformantes porque ha comprobado que son los más fáciles de conseguir, los más baratos de producir y los más rentables de audiencia. Dado que las privadas tienen su origen en una concesión pública para prestar determinado servicio, quien lo otorga conserva la capacidad para decidir si el concesionario cubre o no los objetivos para los que fue elegido. Todo lo demás son monsergas y ganas de reconocer que no se sabe por qué se toman las decisiones.

Si el Estado considera de utilidad la existencia de las televisiones privadas, o deja libre el mercado y se crean las que éste aguante con emisiones de lo que les venga en gana; o las concesiones deben establecer claramente qué servicios ha de cumplir un medio de comunicación televisivo a cualquier hora del día. Porque en otro orden de cosas, si se concede un servicio público de sanidad, a quien lo reciba no le bastará con dar a los enfermos unas palmaditas de consuelo en la espalda. Tendrá que poner inyecciones.

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