Hace 30 años

Hace treinta años se ejecutaban las últimas penas de muerte en España. Eran los estertores de un régimen sin futuro y fue tal el convencimiento de ello que todos se maravillaron de lo bien que nos adaptamos de la dictadura a la democracia, como si el único inconveniente para hacer el tránsito hubiese sido aquel hilillo de vida que le quedaba a un señor disolviéndose en heces con forma de melena.
Las penas de muerte las siguieron dictando otros para que a nadie le cupiese la menor duda de que su enemigo no se llamaba Franco, sino España. Han pasado tres décadas y ahora, lejos de maravillarnos por los consensos obtenidos en el desarrollo de aquella naciente democracia, se mantienen actitudes y diálogos violentos y catastrofistas.
ETA hace estallar otro artefacto en la provincia que ese día visita ZP y que de paso, alberga una central eléctrica de Endesa. Quizás alguien pueda pensar que es un terrorismo de baja intensidad y que se aguanta muy bien, pero el recordatorio amenazante es de honda preocupación.
El conseller de Comercio y dirigente de ERC, Josep Huguet, no repara en gastos al advertir que si falla el Estatut, se generará en Cataluña una “guerra civil, entre comillas”, contra España, recordando el levantamiento del XVII contra Felipe IV. Si esto es un lenguaje democrático, fluido y normalizado, que venga sant Boi / Baudilio y lo vea.
Para que nada falte, y refiriéndose al mismo asunto, el ex presidente Aznar anuncia que esta semana se darán los pasos decisivos “para un cambio de régimen, sin mandato, ni consentimiento de nadie”.
Han pasado treinta años desde las ejecuciones y es cierto que hoy podemos verlas como un episodio lejano y superado, pero también lo es que se repite el mismo lenguaje de radicalismo y confrontación, cuando no de violencia, que reduce el optimismo a la moderación.

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