Fundamentalismo

Ya lo saben, según el presidente del Gobierno español, quien hable de España como unidad consolidada, quien critique el bandolerismo estatal y quien defienda el artículo 2 de la Constitución es reo de fundamentalismo. No como él, fiel seguidor de Heráclito que fluye a diario en un magma indefinido, donde dos y dos son cuatro por la mañana, y 36,5 por la tarde.

Así lo ha dicho tan campante a los señores senadores, algunos de los cuales, fundamentalistas ellos, le preguntaron qué entendía el presidente por nación española, ya que si días atrás aseguró que el término nación catalana no le producía ni frío ni calor, cabe pensar que el día de mañana no le importará copresidir en igualdad de condiciones con Maragall el famoso partido internacional España-Cataluña de hockey a patinete.

Heráclito, como cantará estas navidades un innovador grupo musical en su tema “Yo ya no”, es el patrón filosófico de los cambiachaquetas, también llamados arribistas o mentes complacidas, cuya ideología se enfrenta a los fundamentalistas de Parménides, anclados en las verdades absolutas y eternas.

A la vista de todo ello, dado el cariz que tuvo el diálogo entre Escudero y Zapatero, debemos interpretar tres consecuencias inmediatas: que el Gobierno no da un duro por el artículo 2, que sigue diciendo amén a todo cuando le sugiere ERC y que considera superados y obsoletos por fundamentalistas los mapas colgados en las escuelas desde 1978.

El planteamiento es de una gravedad mayúscula, tanto por el significado que encierran esas palabras como por la ligereza con la que se expone. Las palabras del presidente tratan de ir calando en la opinión pública para que asocie el término fundamentalismo, que tan mala prensa cosecha gracias a los islamistas, con los defensores del orden constitucional. Una perversa estratagema cocinada en la retorta de la debilidad.

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