La sentencia

A pesar de las apariencias, la gran mayoría de ciudadanos están de acuerdo con la sentencia de Farruquito. No se alarmen. No hemos comido carne de vacas locas, pues a las pruebas nos remitimos.
Las tiene usted a su alcance. Basta preguntar a un conductor que se encuentre a mano: ¿Te gustaría recibir la misma sentencia si estuvieras acusado de los mismos cargos que él? La respuesta será positiva en un elevadísimo porcentaje, lo cual permite componer un titular inédito hasta el momento: “La mayoría de los españoles consideran justa la sentencia… si fuesen ellos los juzgados”.
Si se decide a hacer la pregunta y alguien le dice: “He cometido graves delitos que merecen mayor condena”, quédese con su nombre y propóngalo para ocupar un cargo público en la primera oportunidad, pues una rara avis de esa categoría no se encuentra ni en los zoológicos.
La polémica sentencia nos ha permitido al común del pueblo hacer alardes de nuestras infinitas ansias de justicia… cuando es otro el que se sienta en el banquillo. Pensamos en su caso que ha de ser la fama o el dinero lo que justifique tan benévolo trato, y concluimos con envidia que de estar nosotros en su lugar se cometería terrible injusticia enviándonos al trullo hasta que conociésemos por su nombre todo el colectivo de funcionarios de prisiones.
Quien más, quien menos, a todo quisqui le gusta alardear de cómo ha burlado la ley evitando multas, impuestos o licencias. No suele haber muertos de por medio, desde luego; pero sentimos en el fuero interno que es una conducta inteligente, de personas capaces y con recursos. El que paga, cumple o respeta los trámites establecidos es tonto.
Y si al ámbito público nos referimos, los ejemplos demuestran cuán vigente está el chanchullo, el maletín o la inconstitucionalidad, delitos todos ellos del más puro estilo farruquil.
Alegrémonos, esto es jauja.

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