Maldito plural

Los idiomas se formaban con el uso de los ciudadanos, el poso de los escritores y en algún caso, con el esplendor de una academia. Era un proceso natural muy rico en matices, pues cada novedad permitía seguir la historia de quienes la hablan. Eso se acabó, ahora va a regularse por decreto, pues existen políticos y lingüistas convencidos de que su poder les habilita para intervenir, como si de la campaña remolachera se tratase.
Fruto de ese trabajo revisionista son los manuales con los que las distintas administraciones pretenden erradicar lo que ellos llaman lenguaje sexista, cuyo principal pecado consiste en optar por el plural masculino cuando el conjunto engloba unidades de los dos géneros.
En el último que ha repartido la Xunta de Galicia, la saliente, se desaconseja el uso de términos como “hombres, funcionarios o ciudadanos”, si acogen a mujeres, funcionarias o ciudadanas. Dicen que este convencionalismo del lenguaje tiene su origen en la sociedad androcéntrica y que ahora ya somos paritarios.
Como la solución de repetir los dos géneros origina un montón de paja huera, cursi y plúmbea _“ciudadanos y ciudadanas” _, las alternativas que se ofrecen son tan sutiles como sustituir “hombres” por “personas”, utilizar los pronombres: “Los y las que vivan en la ciudad…”, y preferir el indeterminado: “Quien viva en la ciudad…”
Todos estos desvelos trasformarán la sociedad androcéntrica en otra que no podrá ser ni ginecéntrica, ni gaycéntrica, sino más bien amorfocéntrica, con el mismo porcentaje de tontos y tontas, donde los cuchillos podrán ser cuchillas, aunque sean grandes, y donde las barcas surcarán los mares hasta puertos tan lejanos como los barcos.
Una sociedad donde se podrá leer Doña Quijota de la Mancha, o La Casa de Bernardo Albo a voluntad. Una pocholada de sociedad que será la admiración de extraterrestres y extraterrestras.

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