Día de Galicia

Por fuerza ha de resultar muy poco gratificante nacer con vocación de terrorista en medio de una sociedad pacífica, respetuosa, amable y comprensiva como es la gallega. Si se da esa lamentable coincidencia, lo primero a lo que estás obligado es a buscar un objetivo que no reclame nadie para justificar así una actuación al margen de las inquietudes generalizadas y poder colocar bombas a gusto. En el caso de Galicia, esa meta puede ser la independencia, pero también cabría proponerse que todos los gallegos hablen sueco sin acento, o que Fidel Castro reproduzca aquí su paraíso policial, aspiraciones que cuentan con el 0,0 de respaldo popular.
Porque, por ejemplo, si naces con vocación de mejorar la vivienda, la pesca o la música de tu patria, y te dedicas a poner bombas, lo más probable es que la vivienda, la pesca o la música empeoren, o se queden como están.
Pero el colmo de la frustración ha de vivirse cuando la formación política que podría considerarse más afín a tus ideales alcanza el Gobierno y se apresta a trabajar en despachos y parlamentos. Ahí sí que te quedas chafado, ninguneado y cariacontecido, porque lo tuyo nada tiene que ver con oficinas, reuniones y comisiones. Lo tuyo es la bomba, la cloratita y el balambambú. Y es una pena, porque estas personas demuestran que andan sobradas de iniciativas, sacrificio y ganas de ayudar. Bastaría reciclarlos cuatro grados al norte para hacer de ellos unos estupendos aliados de quienes en esta tierra llamamos los “bos e xenerosos”.
En un día tan simbólico para Galicia como es la jornada de hoy, deberíamos hacer votos para que no se malgaste la energía de ningún ciudadano en la imitación de cínicos bandolerismos y para que nadie crea que en ese camino va a encontrar el aplauso y el reconocimiento .
No es tarea fácil. Casi todas las noticias destacadas de hoy hablan de bombas, caos y destrucción en buena parte del mundo.

Comenta