El pequeño timonel

Los ciudadanos comprueban con asombro la clarividencia de ZP y su infalible capacidad para apostar siempre por el caballo perdedor. Basta apuntar en dirección contraria al lugar donde lo hace él para acertar. Son innecesarios los ejemplos porque es una constante que se mantiene sin excepciones desde su victoria de marzo, cuando todos desconocíamos el potencial que atesoraba y muchos creyeron que se adornaba de una báraka mágica, o sea, del secreto de Dios en las cosas. Menuda soplapollez.
Pero siendo notable esa miopía que confunde deseos con realidades, el verdadero dislate de ZP lo pone de manifiesto un esclarecedor artículo de Josep Piqué en el que le acusa de tirar por la borda los logros políticos más admirados dentro y fuera de fronteras: el pacto constitucional del 78, el espíritu de la transición y el trabajoso camino hacia la democracia, donde hubo una renuncia expresa de revanchismos y privilegios en beneficio de la comunidad. Él lo sustituye por lo que Piqué llama “la legitimidad republicana”.
Desde esa perspectiva cabal, ZP tiene cada día menos posibilidades de ser recordado como un gran presidente de todos los españoles. Desde el primer minuto de la primera hora del primer día en Moncloa decidió que él sería presidente de una parte de España, de aquéllos acomplejados que no gustan de reconocerse, ni en su pasado histórico, ni en su historia reciente, y así prefieren deberse sólo al futuro, a un magma incierto que a nada compromete porque nada es.
Si al menos el presidente diese muestras de imaginar ese futuro con cierto tino _ falla en lo de Kerry, pero acierta con Blair _, podríamos hacer un esfuerzo y pensar que el timonel de la nave sabe a qué puerto se dirige. Como no es así, sólo los inconscientes son incapaces de ver que los arrecifes amenazan peligrosamente cualquier viraje y nos mandan a pique. Ojo que lo dice Piqué.

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