O que arde

Preguntas sin respuestas

Siempre se ha tenido la sensación de que detrás de los incendios forestales se mueven turbios y grandiosos intereses. En esas conjeturas, a los pirómanos se les reserva un porcentaje nunca demasiado significativo y el resto queda para imprudencias, accidentes y otras circunstancias casuales sin voluntariedad ni torpeza humana por ningún lado.

Dentro del primer grupo la acusación tradicional señala a los madereros, porque compran troncos medio quemados a muy bajo precio, y a los especuladores, porque se urbanizan grandes extensiones protegidas antes por la existencia de una masa boscosa.

También se añade como explicación la existencia de un terrorismo organizado que encuentra en los incendios un camino fácil para hacer daño a borbotones.

Pero las escasas condenas que llegan a producirse no confirman ninguno de estos supuestos y se diluyen en un variopinto muestrario de móviles, desde el que disfruta sexualmente con la contemplación del fuego, hasta el que cree obtener con ello algún tipo de beneficio por el aprovechamiento agrícola, pasando naturalmente por quien lo inicia y no sabe controlarlo.

Ahora nos hablan de drones que reparten iniciadores en treinta puntos a la vez, como si el dron aportase una tecnología imprescindible e inexistente; de su relación con las concesiones de parques eólicos y hasta de intereses del propio bando ecologista que gracias al incendio refuerza sus teorías sobre el cambio climático y el aumento de las temperaturas.

Antes y ahora la opinión pública se pasma ante el poder destructivo de los incendios y busca una causa que esté en consonancia con el daño. Tiene que haber algo muy gordo detrás para haber provocado tamaña destrucción. Pero se ve que ese razonamiento no funciona con el fuego. Basta una fútil tontería para incendiar Roma entera.

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