La puerta abierta

Una pesadilla

El comerciante español, que es sector avezado en el arte de sortear dificultades, se encuentra en esta ocasión perplejo y desnortado. Incluso, por qué no decirlo, pelín cabreado.

Son días de turbio en turbio y noches de claro en claro. Ya no amenazan las ventas on line, ni las grandes superficies. Esos fueron terrores del pasado. Ahora es un nuevo jinete del Apocalipsis el que cabalga en sus alucinaciones.

Tiene ante si el dilema de la puerta, e igual que Hamlet ante la calavera, él la agarra y se interroga sobre la duda metódica de su negocio.

Abrir o no abrir, that is the question.

¿Debo abrir las puertas de mi establecimiento para responder así a las exigencias de Sanidad a fin de que se favorezca la ventilación y se reduzca el peligro de contagios de la pandemia?

¿O acaso debo cerrarlas para obedecer al plan de ahorro energético que el mismo Gobierno alienta? ¿Abriré las horas impares y cerraré las pares? ¿Abriré fijo-discontinuo, que mola mazo?

Y de este jaez le asaltan de la mañana a la siguiente nuevas interrogantes sin solución, ilustradas con imágenes de puertas automáticas, correderas, de dos hojas, de tres, con burletes y sin ellos, con cierrapuertas hidráulicos, de guía deslizante, con muelles, topes y rodapiés; o sin nada, mondas y lirondas, como han de ser las de San Pedro, que las pasas o no hay tu tía. ¿Cuál pondré? O lo que es peor, ponga la que ponga ¿vendrá en septiembre la norma que me obligue a quitarla?

Piensa en las mamparas del tabaco y le entran escalofríos. Ahora le asalta una bandada de hombres de negro mientras Yolanda ríe con rostro complacido. Ribera, muy seria, le regaña porque se ha pasado un grado del límite establecido y Reyes Maroto asiste a la pesadilla con cara de Gonzalo de Ulloa, o sea, de convidado de piedra.

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