La conspiración del poder

Por si acaso

La pancarta del No a la República está hoy en manos de quienes más dicen añorarla. Sánchez, Iglesias, Yolanda, Mónica, Lilith, Junqueras, Otegi… Los comportamientos disgregadores, egocéntricos, dilapidadores, manipuladores y de querencias totalitarias en busca de prosélitos sumisos y no de ciudadanos libres y críticos, desenmascaran sus verdaderas intenciones debajo del disfraz republicano.

Por eso aterra pensar que pudieran salirse con la suya, no por la república en sí, sino por ver a ellos convertidos en sus protagonistas.

Por fortuna todas las prospecciones que se realizan sobre el afán de llegar a una III República arrojan paupérrimos resultados y confirman que la dicotomía no figura entre las principales preocupaciones de la gente, por mucho que los citados la presenten constantemente como asunto prioritario.

Con todos sus defectos y con los errores cometidos, la monarquía constitucional ha demostrado que sirve como amalgama española y que para encontrar regímenes obsoletos no hay más que mirar hacia ciertas repúblicas dignas de ser tumbadas.

Pero si a eso añadimos el comportamiento político de quienes hoy abanderan el Sí a la República, resulta que en realidad son ellos los que sostienen la pancarta del No.

Ahora bien, el hecho de que la mayoría del país viva al margen de esos planes y de que sus promotores no conciten grandes simpatías, no evita que se puedan estar realizando movimientos dentro del propio Estado que favorezcan el revolcón.

En ese caso estaríamos hablando de alta traición y de otros delitos de acuerdo con lo que se hubiese hecho al pie de la letra.

Queremos creer en la fortaleza de las instituciones y en la imposibilidad de que prospere cualquier tipo de contubernio ilegal. Queremos creer y creemos, que diría Suárez a pase de Ónega.

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