El jovencito Frankenstein

Ya le gustaría que fuese por guapo

Isabel Rodríguez, la ministra portavoz, piensa que me ha descubierto. Acaba de decir que siendo tan guapo Pedro Sánchez, no es de extrañar que haya gente a la que le moleste y lo critique.

¡Qué lumbrera! Yo creí que nadie se iba a dar cuenta, pero ahí está Rodríguez para señalarnos a todos los que creemos que Sánchez es una desgracia sobrevenida a España como una panda de envidiosos, incapaces de soportar la luz que irradia el Presidente Sol, su beldad excelsa, y su donosura sin par.

Pues mire usted, pedazo de hortera, si ese razonamiento partiese de su época de bachiller en Abenójar, tendría todas mis disculpas, pues es propio de gente en proceso de maduración, de lengua fácil y pródiga en ocurrencias al amor de un porro; pero dado que hace ya más de un año que no solo es ministra de Política Territorial, sino también portavoz del Gobierno, hemos de suponer que el ejecutivo en su conjunto está a su misma altura y piensa seriamente que alguien en sus cabales puede sentir envidia, tirria, rabia, pelusa o resquemor por la existencia en la Moncloa de un figurín de carrillos tortuosos que amenaza bruxismo, y por tal motivo le grita por las calles Fuera, fuera!, o lo pone a caer de un burro, corroído de celos. Me parece muy fuerte, tía.

Por lo que a mí respecta, me alegra y congratula que sus ministras lo ponderen por su físico, pero ya desde antes de Maquiavelo nos han enseñado que no se debe juzgar a nadie por tal concepto, salvo que se esté dirimiendo la fase final de Miss Universo. Puede estar tranquila Rodríguez, que por guapo no se le critica. Si nace con la cara de Igor, el del jovencito Frankenstein, también estaríamos diciendo exactamente lo mismo, porque lo suyo nada tiene que ver con la percha, ni la corbata, ni los trajes, ni nada de lo que tanto parece preocuparles, sino que se debe a que es malo, inútil y peligroso. Será guapo, pero también malo, y eso duele.

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