Las amistades peligrosas

Hay casting que lo dicen todo

A Laura Borràs le huele la mirada. Es una peculiaridad de algunos personajes que por su aspecto levantan sospechas de una honorabilidad manifiestamente mejorable.

Claro que te puedes equivocar y detrás del rostro más fiero encontrarte a san Beda el Venerable. Los frenólogos iban más lejos, pues creían que todo estaba escrito en los rasgos físicos. Con sus errores se cavaron su tumba y se les acabó el chollo.

De cualquier forma algo tiene que haber cuando el saber popular sostiene que la cara es el espejo del alma. A Laura no solo le huele la mirada, sino también el expediente y de muy atrás debería saber cualquier indocumentado que no era trigo limpio. Aunque claro, vete tú a buscar modelos de comportamiento honrado bajo las siglas de Junts per Catalunya, con una pata en Pujol y otra en Puigdemont.

La cara de Laura durante el proceso que la desencola del sillón presidencial es una novela de terror, y si Glenn Close hubiese enfermado durante el rodaje de Las amistades peligrosas, mi consejo a Stephen Frears habría sido: Ficha a Laura Borràs. Ese rostro lo dice todo.

A los frenólogos les dieron tunda por todos lados. La Iglesia, porque algunos de sus principios atentan contra el dogma; la ciencia, porque sus postulados no lo eran; la filosofía, porque parecían racistas. Con todo y eso, había en ellos una base de certeza que aún se le reconoce a Cesare Lombroso como criminólogo.

Es ese mismo golpe de vista que te previene sobre la persona que acabas de conocer. “No parece de fiar”. Si supera la prueba, tiene mucho ganado.

En el caso de Laura no hay ningún mérito frenológico porque arrastra un currículo que lo pregona. Lo malo es que este tipo de personas medren tan fácilmente en la política española. Valía la pena someterlas antes al examen frenológico. Aunque se cometiese alguna injusticia de vez en cuando, otras las evitaríamos.

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