El brazo tonto de la ley

A veces son los dos brazos

Impedir que el aeropuerto de Murcia lleve el nombre del ingeniero e inventor Juan de la Cierva por considerarlo franquista no es una medida propia de revanchistas, ni de demócratas, ni de la izquierda, ni de malas personas. Es sencillamente, de gilipollas.

Solo un gilipollas integral, absoluto, completo y sin fisuras puede plantearse semejante diatriba. Pero eso es lo que tenemos, eso es lo que hay.

Ya sabemos que alzando cada vez más el listón de la tontería _ valga la paradoja _, se hace más ancho el espacio para cometer barrabasadas, porque si a una gloria internacional como es Juan de la Cierva se le escamotea la dignidad para que un aeropuerto lleve su nombre, ¿qué no van a poder hacer con el resto? ¿Qué cacicada será imposible abordar? ¿Por qué no llamarlo Aeropuerto Pedro Sánchez en recuerdo de las muchas horas pasadas a bordo de un Falcon, mérito aeronáutico comparable a la invención del autogiro, de las puertas giratorias y hasta del giro postal?

La ley de la Memo está a un tris de superar en su conjunto todas aquellas maravillosas antologías del Disparate que coleccionaba un profesor de bachillerato con las ocurrencias más absurdas de sus alumnos. Aunque De la Cierva hubiese apoyado a Franco en el 36, extremo que está muy lejos de haber sido probado, pensemos únicamente en que es uno de los pocos españoles universales y que su nombre va inmediatamente después del de Leonardo da Vinci en lo que se refiere al dominio del aire y a la estabilidad de un aparato volador sin desplazarse, algo que quizás no entre en las cabezas de quienes alientan ahora tamaña muestra de ignorancia.

De la Cierva fue tachado de loco cuando expuso su invento. Quizá cuenta con eso, pero lo que jamás pudo concebir es que los burros llegasen a gobernar su país.

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