La niña que se fue

Hace cuarenta años no le llamábamos bulling, ni acoso, ni nada. No era un fenómeno social, ni los psicólogos lo tenían pinchado en un mural de corcho con una chincheta y un cartelito, pero sus manifestaciones estaban a la orden del día como en la actualidad. Y como en la actualidad también, quienes no lloraban bajo sus efectos preferían mirar hacia otro lado, logrando así que las víctimas lo sufriesen en silencio, como las almorranas.
En esa época y durante meses me tocó ser víctima en un caso de violencia, amenazas y tortura escolar. Ya lo he relatado en papel impreso con pelos y señales, de modo que no hay trauma. O eso espero. Uno más, uno de tantos. No le llamábamos ni bulling, ni nada, ya digo, porque la actividad del sádico estaba amparada por el código nunca escrito que condena al acusicas y salva al cabrón.
Al escuchar el relato de los padres de la joven C.C.G. de Elda, el recuerdo de esas semanas de terror me devuelve la sensación de abatimiento y soledad a la que ella puso fin con su suicidio. Reconozco no haber estado nunca cerca de esa idea, sino más bien en la del homicidio. Suerte que un golpe del destino separó nuestras vidas para siempre y del episodio sólo quedaron algunas pesadillas nocturnas posteriores.
La novedad y gravedad del relato actual es que C.C.G. no se vio condicionada por la ley del silencio, que lo dijo y lo denunció, que lo denunciaron sus padres y que lo sabían sus amigas, como en el caso de Jokin. Hace cuarenta años pensábamos que si se pudiese denunciar sin que los profesores se rieran de nosotros, sin que los compañeros nos colgasen el sambenito de acusadores, el bulling, o como demonios quieran llamarlo, se acabaría al instante.
Se ve que no. Se ve que el mundo está hecho para los brutos, los ignorantes y los torturadores y tú, querida C.C.G., no eras de ésos.

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