La última ola

No será el CIS quien la escriba

La opinión pública está dividida ante el viaje de Montero y sus tres tiralevitas. Por una parte se habla de que ha levantado una oleada de indignación, y por otra, que es causa de un maremoto de malestar.

Son grados de inestabilidad marítima que en su conjunto podrían formar un tsunami de cabreos. Pero aunque se alcanzase la categoría de cataclismo de bilis, que es el que sufre la corte del faraón tras las plagas, su traducción política sería cero zapatero.

Sánchez se ha dotado de un sistema inmune a los sucesivos Dies irae que va provocando a su paso y de su hieratismo no hay quien le mueva, valga la redundancia.

Durante un tiempo se pensó que era así por las ataduras derivadas de sus alianzas, que también, pero con el paso de los meses se comprueba que por su propia voluntad le gusta presumir de insensibilidad frente a las circunstancias exteriores, e incluso se complace en azuzarlas con provocaciones e injerencias como las recientes.

Las olas de indignación pueden superar en altura la de Kanagawa que el tío ni se inmuta. Las crisis las maneja él y si tiene que caer Redondo, que sea cuando nadie lo solicita.

No se esperan cambios en lo que resta de legislatura, pero sí se espera, desea y anhela que la última ola lo arrastre a él y a todo su tinglado con la fuerza de una manga riega que aquí si llega. Las sucesivas elecciones perdidas y las magnitudes de cada derrota lo indican sin lugar a dudas.

Si el Falcon nos irrita, a partir de ahora dar una vuelta al mundo en el famoso avioncito va a estar al alcance de cualquier subdirector general y familia. Va a ser algo así como los viajes del Imserso para autoridades y no nos debe extrañar que ya esté abierta una ventanilla donde los interesados pueden reservar las fechas que más les convengan.

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