La primera dama

Y el marido de Calviño, segunda

Se habla más de Begoña Gómez que de la Pantoja. Para bien, para mal y para regular. Está detrás del Sáhara Occidental, de Marruecos y de Argelia. Reluce en el Prado, en el Palacio Real y en La Granja. Posa con los Reyes cuando no debe hacerlo y sigue su marcha altiva cuando debe pararse.

La maledicencia la sitúa como protagonista de pelotazos alauitas, de cirugías saturnales y de inexistentes títulos universitarios. Modifica agendas y se abraza a Biden en un estrecho contacto que un medio avieso califica de tórrido, aunque bajo nuestro modesto punto de vista, si aquel achuchón de cintura fue tórrido, la película El Mensaje de Fátima es una porno.

En cualquier caso, a la vista de lo que sufre su marido para cruzar unas frases con el presidente norteamericano, el acercamiento conseguido por su mujer bien parece un tirón de orejas diplomático: “Mira cómo se hace, Pedro”.

Todo lo que dieron que hablar Ana Botella y Sonsoles Espinosa, las más despendoladas inquilinas de la Moncloa, cabe en un díptico frente a la enciclopedia que comienza a ser necesaria para albergar las andanzas y entremeses de esta Juan Rana, cuyo misterio no entra todavía a ser desmenuzado en los programas televisivos de la tarde, pero que lo hará.

Begoña Gómez desenvuelve un papel especialmente diseñado para ella como si viniese aparejado a su estatus matrimonial como primera dama, aunque en España no sea así. A medida que avanza la legislatura, crecen las necesidades y se ha visto que ella puede favorecer la deteriorada imagen del presidente.

Ora anfitriona, ora muletilla para despistar al toro, ora representante. La mujer tiene distintos cometidos que llevar a cabo, y naturalmente alguno de ellos levanta suspicacias. Puestas así las cosas, o lo prohibimos, o creamos el cargo de primera dama/damo/dame. Otro más.

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