Rosalía Fraga Peón, al habla con el otro mundo

La vecina de Ourol logra reunir en su domicilio de San Pantaleón de Cabanas a cientos de romeros en busca de respuestas

SE LES LLAMA espiritadas, de tan delgadas que solo espíritu tienen, o incluso, que ni espíritu les cabe. Hubo en Galicia tres o cuatro casos famosos, como la de Gonzar y otras mujeres estudiadas por la etnopsiquiatría. Rosalía Fraga Peón (Ourol, 1848) también estuvo en boca de mucha gente, pero su historia cayó en el olvido.

Nace en el recóndito San Pantaleón de Cabanas, donde se enseñorean los jabalíes de los Andrade y donde el santo prolonga su influencia a través de las aguas hasta Viveiro.

En 1888, cuando ha llegado a la cuarentena, los periódicos comienzan a hablar de ella como A Santiña, o Santa Rosa, de Cabanas y dicen que lleva seis años sin comer ni beber. Anorexia extrema, arrebato místico o fraude son las opciones que siempre se abren ante estos casos.

Es hija de los labradores Pedro Fraga, ya fallecido, y María Peón, que vive con ella. Su vida pública se inicia como milagreira o saludadora entre As Grañas do Sor y As Somozas, donde también es sirvienta de algunas casas. Añaden que viaja a Madrid, aunque otros vecinos le niegan tanto cosmopolitismo y reducen sus periplos a los ya señalados de la Galicia norteña.

Ahora, en el 88, lleva seis años postrada en San Pantaleón y su fama traspasa provincias. Dicen que en ocasiones alcanza el centenar el número de seguidores que acuden a su casa el mismo día en busca de remedios, curaciones, consultas al futuro y noticias de sus muertos. Sí, porque a Rosa o Rosalía, que por los dos nombres atiende, le dan teleles de vez en cuando, se muda de habitación y “habla con el otro mundo”, así, en general. Luego regresa y tiene respuestas para todos.

El fenómeno ha interesado a las autoridades y a Cabanas se acercan, no sin dificultades, el subdelegado de Salud, el alcalde de Ourol y miembros de la Guardia Civil, para conocer el percal in situ. Se comenta que en su presencia come y bebe, pero lo arroja poco después.

Como en su lecho abundan los tojos como incremento del sacrificio, ordenan quitárselos, así como la soga que a modo de trapecio le sirve para sostener la cabeza en el aire.

Le han prohibido que reciba a los romeros y lo más sorprendente, que realice viajes al otro mundo, lo cual certifica que los hace, pues de lo contrario, ¿a qué viene prohibir aquello que no existe?

La actuación oficial no impide que una mujer allí presente ruegue con insistencia que le entreguen una rama de tojo como reliquia de la santa y otra quiere llevarse uno de sus zuecos como talismán consagrado.

A veces ha revelado que su interlocutor del otro mundo es el arcángel san Grabriel (sic) y es capaz de comunicarse con ánimas del Purgatorio, que son las más interesantes, porque las del Infierno no hay quien las salve, y las del Cielo ya lo están.

Cuando llegan las visitas _ algunas después de recorrer cientos de kilómetros _, Rosalía abre sus debilitados ojos desde la enfermedad que la postra en su jergón de paja y espinos y dice como fórmula ritual:

_ Bienvenidos seigades, hermanitos.

Además de los elementos descritos, cubre su cara con un pañuelo que las visitas describen como “bastante sucio” y rodea su cuello con un rosario de cuentas encarnadas al que ata objetos de metal que llama reliquias.

En todas sus manifestaciones utiliza un idioma acastrapado, aunque tiende a castellano. Aparenta 30 años, más que 40 y en la estancia se amontonan sin orden ni cuidado trozos de pan, trigo, centeno y maíz; quesos, patatas, habas y frutas, así como tocino, carne salada o perniles, que la mujer, por lo visto, no prueba.

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