Los duendes de Andalucía

Los duendes son otros

Escucho el asombro de algunos comentaristas que flipan con los escaños que las encuestas le otorgan a Moreno Bonilla en Andalucía, la tierra, dicen, de Felipe González, de Guerra y de Nuestra Señora del Perpetuo Psocorro.

Ya son ganas de no entender nada, o de creer que existen siglas ligadas al terruño como minas de carbón, que esas sí que no se trasladan hasta que se agotan. Ni el PRI fue eterno en México, ni Putin lo será en Rusia, ni la dinastía de los Kim Jong en Corea del Norte. No diríamos lo mismo de algunos países islámicos donde la política se confunde con Alá y mientras esa relación no cambie, las variaciones solo se verán afectadas por el inexorable ritmo de las generaciones.

Ahora bien, en Andalucía no se dan las condiciones precisas para quedar atrapada a una ideología, ni mucho menos a unas siglas, especialmente cuando estas caen en manos de trileros sin escrúpulos, mentirosos compulsivos y vendepatrias de saldos, sucesivamente.

No hay que explicarles a los andaluces el por qué de sus preferencias políticas y si algún comentarista español se alela con los cambios de tendencia en el voto, que mude de oficio y se dedique a la cría de gambusinos en piscifactorías de secano, que mejor le irá.

Lo inaudito sería que habiendo padecido la corrupción más intensa de la historia y con la que está liando el actual líder supremo, los votantes rechazasen a un político eficaz, honrado en lo que se le conoce y sin peligrosas estridencias. Ahí sí que deberíamos abonarnos al pasmo y pensar que los tan traídos y llevados duendes de Andalucía que filmó Ana Mariscal habitan para siempre en el Palacio de San Telmo y en las numerosas sedes electrónicas donde hoy se atiende a la ciudadanía.

Eso pasa porque cuando se opina al dictado y carecen de argumentos, solo salen borrones.

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