López Peláez, historiador de Lugo y arzobispo de Tarragona

Emilia Pardo Bazán lo consideraba un sabio y él se tenía por lucense, pues aquí nace al conocimiento

EN OCASIONES LO tratan como lucense, sin duda porque a la vista de su obra publicada no se puede pensar otra cuna para el arzobispo de Tarragona, Antolín López Peláez (Manzanal del Puerto / León, 1866).

Él mismo se encarga de explicarlo en el Centro Gallego de Madrid poco antes de morir: “Yo nací en la diócesis de Astorga, pero soy más gallego que vosotros mismos; porque vosotros lo sois por nacimiento y yo por mis obras. Yo nací en Lugo a la vida intelectual”. Su familia es de Noceda del Bierzo, pero el padre, guardia civil, está destinado en aquel enclave de paso obligado para los lucenses hacia la meseta, pero al que nada más le vincula, especialmente porque estudia en Noceda y se gana una beca para cursar en el seminario de Astorga.

Después de dos destinos en Mombuey (Zamora) y en el propio seminario, el Cabildo y el obispo de Lugo José Lamadrid lo eligen en 1880 canónigo magistral entre otros once opositores a los que aventaja en erudición a sus 23 años. Con su primera silla de coro inicia también su inmersión en todos los libros que tiene cerca, en la catedral y fuera de ella. También da clases y es una firma habitual en la prensa católica.

Así va a ser su vida los próximos seis años y de esta época obtiene los datos que le sirven para escribir su obra lucense. Por ejemplo: La exposición continua del Santísimo en la S.I.C. de Lugo (1892), El monasterio de Samos (1894), Las aras de la catedral de Lugo, Historia de la enseñanza en Lugo, Los benedictinos de Monforte (1895), El “argos divina” o Historia de Lugo del dr. Pallares”, El señorío temporal de los obispos de Lugo, y otros sobre Sarmiento, Feijoo, San Capitón y San Froilán.

Abandona la ciudad para ser doctor de la Metropolitana de Burgos cuando tiene 29 años, y “desde entonces estoy recordando, añorando la tierra de Galicia”, dice en aquella conferencia para recibir los mayores aplausos de la noche al lado de doña Emilia Pardo Bazán, gran admiradora suya, a quien considera un sabio y un literato muy distinguido.

Su profundo conocimiento de la documentación catedralicia le permite afirmar que “Lugo tiene contraída una deuda de gratitud con su primer historiador, tan grande por su alta y noble inteligencia, como por sus grandes virtudes y su vida ejemplar”.

Se refiere a Pallares Gayoso, para quien solicita que se levante un monumento en la ciudad, al que promete prestar su apoyo. En el momento de pronunciar este compromiso López Peláez ya es arzobispo de Tarragona, lo cual nos permite sospechar que no sería pequeño. Pero a Pallares no se le levanta monumento, ni grande ni pequeño. Muy al contrario, se denosta su canto a la Virgen lucense de Argos divina, achacándole credulidad por fiarse de los cronicones, como si fuese el único que lo hace. “Se le podrá acusar de crédulo, pero nunca de falsario”.

Para él, Pallares es “un insigne historiador, descendiente de una de las más alcurniadas familias gallegas, que une a la aristocracia de su mente peregrina, la de su cuna. Y lo dice alguien como yo, descendiente de las clases más humildes de la sociedad”.

En 1905 es obispo de Jaca y senador, cargos que mantiene hasta 1913, cuando es nombrado arzobispo de Tarragona. Otros títulos suyos son La lucha contra la usura y El darwinismo y la ciencia. En Albares de la Ribera erige Villa Antolín, donde guarda su biblioteca de 6.000 ejemplares y se vincula a la creación de la primera bodega moderna del Bierzo.

Académico de la Lengua, de la Historia y de las Bellas Artes, y miembro de sociedades de arqueología, fallece en Madrid el año 1918.

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