Pepe Benito, o el poder político a la vieja usanza

Se hartaron de llamarlo cacique muchos de los que querían ser como él

UNO DE LOS poetas satíricos de Galicia en los 30 es Rómulo Lluli. Mediado enero del 36 bromea en Alborada alrededor de la política lucense: “¡Aquí va a haber mucha tela! / Ni Benito, ni Quiñones, / ni Sotelo, ni Reguera. / ¡Yo gano las elecciones, / de una o de otra manera!”

Rómulo hace hablar así a Portela Valladares, que a su vez cita a José Benito Pardo Rodríguez (Castro de Rei, 1867), el abogado civilista que al decir de las gentes es sinónimo de poder provincial en Lugo.

En esas fechas iniciales del año trágico, Portela denuncia el artilugio montado aquí para fabricar actas y propiciar pucherazos. Señala al frente a Pepe Benito. Lo habitual.

Pero él y los otros candidatos de la derecha contraatacan para acusar a Portela y al gobierno de adulterar las actas y de consolidar la pésima fama de la circunscripción.

Esa es la tónica de la política lucense a lo largo de los años. Su mala reputación llega a toda España, pero el error es dar por sentado que en el resto de la península no ocurre más o menos lo mismo.

Pepe Benito va a morir tres años más tarde, el 12 de octubre de 1939, es decir, que apenas le queda ya vida política activa. Fallece en su casa de San Salvador de Balmonte donde había nacido. No fue un óbito repentino, pues una enfermedad prologa el fatal desenlace. A la hora de los elogios, el primero se dedica a su acreditadísimo bufete de abogado, pues se tiene como el más prestigioso letrado del Colegio del que es decano durante los últimos veintidós años, otro motivo para apuntalar el renombre de poderoso de este caballero que ostenta la Gran Cruz del Mérito Militar.

Eso sí. Hasta sus enemigos le reconocen dos cualidades, una inteligencia muy por encima de la media y una evidente simpatía. Ambas le valen por un igual en el foro, en la política y en su vida privada.

Balmonte, cuna y tumba del personaje, aparece también en el apellido paterno, José Benito Pardo Balmonte y Valledor, que ya había sido preboste provincial, aunque menos que su hermano, Pegerto. Al hijo también se le adjudica el Balmonte en sus primeros pasos. Su madre, María Rodríguez Rodríguez, lo tiene como único descendiente.

Juan Soto, que le ha seguido los pasos a mano alzada, pero con documentación de peso, nos lo presenta como alumno brillante de los escolapios en el colegio monfortino de la Compañía, antes de hacer Derecho en Santiago. También como amigo de quien será su cuñado, Carlos Pardo Pallín, y de Alejandro Pérez Lugín, el retratista de los troyanos de la compostelana Casa.

Digamos ya que desde 1899 Pepe Benito ocupa la presidencia de la Diputación lucense en cuatro etapas y que cuenta con la colaboración de Rof Codina para la creación de la granja provincial, una de sus realizaciones más notables.

Los títulos de muñidor, logrero o cacique le acompañan durante toda su existencia, y aunque serían susceptibles de matizaciones, parece evidente que administró poder muy a su gusto y favoreció más a los partidarios que a los rivales. El caso contrario está inédito en España.

El parentesco con los Quiroga lo arrima a la rama moretista del Partido Liberal y lo aleja de El Progreso, volcado con los monteristas desde su fundación. El matiz no es chiquito porque a nivel lucense cada facción funciona por su cuenta.

Luego, con la República, rechaza a la izquierda y a Falange para apostar por la CEDA, pero no pensando ya en él, sino en su hijo José Benito Pardo y Pardo, que será diputado poco después del episodio con el que iniciamos el cromo.

Un comentario a “Pepe Benito, o el poder político a la vieja usanza”

  1. extremoizquierdo

    Ciertamente sobre el caciquismo, y sobre Pepe Benito en particular, se ha escrito mucho. Y buena parte no sólo con documentación de peso si no con escuadra y cartabón, no sea que las parcialidades del querer nos tuerzan las líneas.

    Citando a Maria Jesús Souto Blanco a través de Ana María Rodríguez Rivas

    ” Se hai que buscar un culpable á orixe de case todos os comportamentos políticos e o responsable de que os lucenses non puideran execer a súa soberanía na primeira metade do século XX, este é o caciquismo como base da estrutura social deste pobo. Corroborando esta idea, a historiadora Souto Blanco afirma que “todos los indicios apuntan a que no hubo ni una sola convocatoria electoral legítima a diputados o a concejales” (Souto, 1998, p. 39) ”

    Aceptemos que Don Pepe fuese un personaje simpático. Sin embargo su legado es su participación en la destrucción de la oportunidad democrática presentada a la población lucense de principios del sXX.

    Como bien sabemos, esa tragedia se repitió en la farsa de finales del mismo siglo, con protagonistas suficientemente conocidos. Marx y Santayana estarán satisfechos con nosotros, sin duda alguna.

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