El voto de Paulov

La publicidad nos ha educado para actuar por impulsos automáticos, que con el uso se convierten en reflejos condicionados como los del perro que produce saliva a la vista de un filete, aunque sólo se trate de su foto. A los políticos les priva el tema porque así son capaces de generar mensajes, estímulos y respuestas por un tubo _ el catódico, pues suelen ser dos o tres por telediario _, sin necesidad de largos y tediosos discursos tras la metafísica, las raíces y el raciocinio.
El proceso intelectual es lento, exige esfuerzos y sus resultados no son imperativos categóricos, sino que están mucho más relacionados con las dudas, con la tolerancia y con la ignorancia. “Sólo sé que no sé nada”. Con esas armas no se puede plantear una estrategia política porque ponte a calcular tú cuándo llegarán los frutos.
Al proceso político se le exige inmediatez, convicción y uniformismo, es decir, propaganda; es decir, filfa; es decir, apariencia. Los partidos no pueden presentar a sus rivales como propietarios de parte de la razón, porque la razón, al cien por cien, está en el bando de quien tiene el uso de la palabra y los otros carecen de ella por completo.
Se trata de evitar que el ciudadano pueda admirar lo social de un partido, lo cultural de otro y lo doctrinal de un tercero. Esa macedonia no hay manera de reflejarla en la urna; de modo que, o estás conmigo, o estás contra mí. Si trasladamos ese maniqueísmo a cualquier otro ámbito humano enseguida obtendremos el absurdo. Si admiras a Platón, olvídate de Kant. Si te gusta Góngora, ignora a Lope. O eres de Bach, o eres de Mozart. Admitamos, como Borges, que la democracia es el abuso de la estadística y que a la hora del voto no cabe más remedio que elegir uno y despreciar a todos los demás; pero admitamos también que una vez salvado ese mal necesario para el que se nos pide el fin de las dudas, el resto del tiempo podamos seguir siendo críticos y procesar ideas al margen de los clichés y los spots paulovianos.

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