Mi familia y otros animales

Llevo días con la idea de actualizar mi registro digital centralizado y accesible. Sí, hombre, lo que antes se llamaba Libro de Familia.

Creo que estoy perdiendo un pastón porque con dos hijos estudiantes, el perro y el gato me da para familia numerosa y me sobran rabos.

El perro y el gato están a papo cheo, igual que los humanos, pero sin apellido. Entran, salen, van a su bola. Espero que una inspección me dé un sobresaliente alto porque su satisfacción se refleja en su cara, alegre y luminosa.

También les preguntaré qué ocurre con los topos. Al menos tengo tres que horadan la tierra día y noche poniéndolo todo perdido con sus montoncitos. La cara no se la veo y no sé si la tienen alegre y luminosa, pero a tenor de la abundancia de montones, los tíos deben de estar hechos unos mulos. Venga y dale, venga y dale, horadando sin parar.

Estos topos, ¿qué son para mí? ¿Hijos también? ¿Primos, familia oculta y subterránea de esa que no la presentas ni el Día del Amor Fraterno?

Porque claro, si los topos cuentan, me pongo en siete y el AVE me tiene que salir a precio de cercanías. Después están ocho cuervos, cinco pegas rebordas y un ratonero común, que dice mi cuñado humano que es muy raro y que a lo mejor también es pariente. Los cuervos y las pegas se patentizan todos los días, como los topos, de modo que en la esquela pueden figurar como “hijos de casa”. El ratonero, no. Ese va y viene cuando se queda sin pasta, por lo que sospecho que no va a colar y me tendré que conformar con una familia de 20 miembros, como la del colega Jesús Fragoso del Toro, que ganaba todos los premios de proles numerosas y solo con vástagos. El apellido ayuda.

No les hablo de los ratones de campo, porque intento que se los coma el gato y a lo mejor me empluma el Supremo.

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