Sansón y Dalila

Tendrán que revisar el cine

Eduardo Mendoza escribe ´Las barbas del profeta´ como un divertimento sobre la asignatura de la Historia Sagrada, que era su favorita en el bachillerato, pero los editores deben darse prisa en vender el libro, porque de aquí a unos años no lo va a entender ni el párroco de Chinchón.

Entre otras lagunas del conocimiento, la desaparición de la Historia Sagrada supone entrar en el Museo del Prado, o en cualquier otra pinacoteca no abstracta, y quedarse a la luna de Valencia.

¿Quiénes eran Judith y Holofernes? Los padres de Pikachu. ¿Cuándo se emborrachó Noé? Cuando España ganó el Mundial. ¿Qué me puede decir sobre el Cristo de Velázquez? Fue un follón que se armó en esa calle madrileña, semiesquina Goya.

Al tiempo que los museos se transforman de repente en una interminable sucesión de escenas incomprensibles, el lenguaje se hace críptico, pleno de arcanos impenetrables. ¿Por qué se llama moisés a la cuna con forma de cesto? ¿Por qué maná es sinónimo de bicoca? ¿Qué hizo Job para tener tanta paciencia? Y así, varios millares.

Todo tirado por la borda porque unos desarrapados intelectuales han encontrado su punto G con la censura y les priva mandar a la hoguera todo lo que les puede hacer la competencia, como por ejemplo, la Biblia.

¡Qué gustazo tiene que dar censurar a Abraham! Lástima que en el islam y el judaísmo también esté el personaje. Es lo que tienen las religiones abrahámicas, que aprietas por un lado y sale por el otro. En cualquier caso, si logramos que la próxima generación crezca sin que sepan quiénes fueron Sansón y Dalila, les quedará más sitio para meter las sandeces de Greta Thunberg, las de George Soros y las de cualquier padrecito que los instruya en lo políticamente correcto, que eso sí que es fantasía. Lo dicho, que se apresure Mendoza.

Comenta