Manía

Como los niños

Salvo excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, alguna vez todos hemos acusado a un profesor de tenernos tirria como método perfecto para justificar un suspenso que sobreviene por causas muy distintas: no sabíamos la materia.

Ahora tratan de revivir la estrategia para explicar que Sánchez, Garzón, Montero o Colau generan tantas críticas porque se les tiene manía. ¿Y eso? Porque son de izquierdas, o comunistas, o porque quienes los ponen a caer de un burro son de derechas.

Eso sería estupendo, porque querría decir que el alumno sabe la asignatura de pe a pa, y el político es una maravilla como un huevo de tres yemas.

Pero no hay tirria que valga. Los números cantan, las nubes se levantan; el despilfarro campa y el despropósito se lo zampa. Hay que tener delante de los ojos una venda muy gruesa, o una fajo de billetes muy abultado para no verlo.

Las propias desavenencias entre los coaligados demuestran que algo muy profundo falla entre los administradores con consecuencias funestas. Si ya la época es de vacas flacas y encima viene un ministro _ empleado de la casa _, a ponerlas a régimen… o lo despides, o te aprietas un poco más la soga al cuello, que es lo que está pasando.

Ayuso, o MAR, o una de sus consejeras, o quien le susurre por las noches, se acaba de despachar con una de esas frases que todo político quisiera tener a mano durante un debate parlamentario.

Dice así: “Una hora de Falcon produce las mismas emisiones que 16.000 vacas”.

A los suspicaces diré que ignoro si la conversión de gases a pedos está bien hecha. Lo único que puedo asegurar es que cuando el alcalde de Nueva York quiere asesorarse sobre cómo atajar la pandemia, a quien llama es a Ayuso, no a Sánchez.

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