Carta blanca

Cuando la mayoría parlamentaria dijo que lo único que se podía hablar con ETA era del abandono de las armas, los administrados, bobitos de nos, lo creímos. Cuando, por iniciativa de ZP, los dos partidos de mayor implantación se ponen de acuerdo para debilitar a los etarras y lo consiguen, seguimos creyendo con mayor convicción que nunca en sus palabras. Tras el 11M creímos que acababa una bicha y surgía otra. Después del 14M, ya no nos creemos nada. (Y si les parece que el plural mayestático usado no es el conveniente, da igual; hagan el favor de ponerlo ustedes mismos en singular).
No nos convoquen a más manifestaciones, ni apelen al sentido común de la ciudadanía. No nos vengan con referéndums para reformar la Constitución, ni para aprobar estatutos europeos, ni digan que lo hacen todo por nosotros, ni antepongan ningún nombre colectivo a sus fechorías, ni digan que está en su programa electoral. Hagan lo que les dé la real gana, lo que les salga del pimiento, del capullo o de la punta del nabo. Sean ustedes radicales, amorales o metrosexuales. Sean masones, conmilitones, arrianos, valdenses o priscilianistas. Pónganse rellenos en los labios, en el culo o en los mismísimos. Organicen dos, tres o cuatro mesas de negociación y hablen con la banda a una banda, a tres bandas o arroz a banda. Hablen de Nafarroa y de Francia, del Rosellón, del Franco Condado y de la Marca Hispánica. Digan una cosa y hagan otra. O mejor, cambien cada día el discurso. Nos la refanfinfla. Nos la suda. Nos la metaboliza. (Insisto en lo del plural). Y cuando terminen, nos dicen cómo ha quedado el asunto, si es que alguna vez llegan a algún puerto, y tan contentos. Total, nos vamos a morir todos. Por mi parte (y ahora sí que singularizo), tienen ustedes carta blanca. Ya sé que ni la necesitan, ni me la han pedido, pero para que cuenten con ella a su entera disposición. Eso sí, ni se les ocurra decirlo, porque lo negaré hasta el límite de la tortura, que es poco porque soy de los que aflojan mucho en el potro.

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