El pequeñuelo

Si solo fuera uno…

Declina el anterior siglo cuando el director del Hospital Militar de Melilla, que es coronel médico, se refiere a un diputado, creo que del PP, llamándole cagapoquito, un bello y desusado insulto en aquellas fechas y que lo sigue siendo hoy, aunque en Aragón se estila llamar así a quienes les encuadra la cagapoquedad.

Doten al término de las cualidades que su enorme sonoridad les sugiera, es decir, cortedad de miras, inutilidad, simpleza y por ahí.

Pues bien, si en los noventa había un diputado pequeñuelo y cagapoquito, hoy se ha disparado la población de estos especímenes y si fuésemos un país serio, estaríamos estudiando una ley que permitiese su caza para evitar propagaciones insalubres.

Por lo que cuentan desde la Carrera de San Jerónimo, antiguo Camino del Sol que desemboca en la plaza homónima, los jefes de prensa de la izquierda parlamentaria, empezando por los dos gubernamentales y acabando por los que se dicen izquierda fetén de pitiminí, más otros allegados, como el PNV, Nueva Canarias y PdeCAT, se han unido en santa concupiscencia con el avieso fin de que se les dé censura y ostracismo a todos los medios informativos que no les laman el culo, que no hay muchos, pero alguno queda.

Si esta iniciativa no es prueba de ordalía que certifica la condición de cagapoquito para todos, para sus jefes de filas y para aquellos que consideren justo y necesaria la implantación de la censura en el Congreso de los Diputados _ ¡la cámara baja donde debe resonar la voz de la ciudadanía! _, que venga el padrecito Stalin y el padrinito Lenin a explicarnos cómo se ahoga la opinión de la masa, cómo se someten voluntades y cómo se impone el pensamiento único.

A esta pandilla de aprendices de dictadores que no hacen un bachiller entre todos, solo podemos llamarlos cagapoquitos, y que no se quejen.

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