José María Penado, descubridor de Santa Eulalia de Bóveda

El párroco de Vilachá de Mera, que vivirá un siglo, llega al curato con información anterior sobre la existencia de un templo soterrado

CUANDO MUERE CENTENARIO en Vilachá de Mera, una semana antes que Franco, la noticia destaca que José María Penado Rodríguez (Lugo, 1874), es uno de los sacerdotes más ancianos de España y que allí había ejercido la mayor parte de su vida activa, pero nada se dice del acontecimiento más trascendente de su existencia. Y es que pocas personas saben, ni entonces, ni hoy, que Penado había sido el descubridor del templo subterráneo de Santa Eulalia de Bóveda.

Nuestro hombre nace en San Pedro de Mera, donde se asientan varias ramas familiares. Un hermano, casado con Isabel Expósito, es padre de José Penado Expósito, director de varios centros penitenciarios en Gerona y Pontevedra y de quien algún conocido hizo la broma de decir que por primera vez un Penado era también el director de la cárcel.

En 1902 es ecónomo de Santiago de Augas Mestas, en Quiroga, y en 1906, cuadjutor de Santa Mariña de Sarria, antes de llegar en 1909 a la parroquia de San Xillao de Vilachá de Mera y sus curatos anejos de Santiago de Prógalo y Santa Eulalia de Bóveda.

La magnífica tesis doctoral sobre el monumento de Enrique Jorge Montenegro Rúa nos descubre que cuando sabe su inmediato destino, un familiar suyo de Calde _ el abuelo, sugiere Enrique _, le comenta la posible existencia de otro templo debajo de la iglesia de San Eulalia que se dispone a administrar.

Este dato inicial sobre el descubrimiento certificaría que en la memoria de los vecinos siempre se mantuvo la existencia del monumento.

A partir de esa chispa inicial, Montenegro Rúa escudriña paso a paso los movimientos del cura Penado, que continúan el año 1914 con sus iniciales obras en el atrio de la iglesia que le permiten acceder por primera vez a la estancia.

Luego vendrá la recogida de diversos elementos que le informaron de la importancia del hallazgo, el sigilo con el que se dan los primeros pasos y finalmente, en 1926, el reconocimiento público de su existencia, la llegada de los especialistas y el largo camino en pos de catalogar de qué se trata, esto es, el enigma de Santa Eulalia de Bóveda.

Ese mismo año, Penado es designado maestro de obras de las excavaciones arqueológicas que van a dirigir Luis López-Martín y Ricardo García Puig, lo cual debe interpretarse como un voto de confianza por su intervención en los años anteriores y por su licenciatura en Filosofía y Letras.

López-Martín dispondrá de un presupuesto de 4.000 pesetas para abordar el trabajo.

A este primer personaje, imprescindible para construir sobre él los avatares de las ruinas, se irán uniendo una larga retahíla de nombres que van desde los arqueólogos a los historiados y especuladores, pasando por los dibujantes como Elías de Segura y Zabarte, encargado de realizar los calcos y las acuarelas de la decoración de las paredes que hoy se encuentran en el Museo Arqueológico.

Segura se aloja en la casa de Penado en el lugar de Vigo por considerar que residir en Lugo le había supuesto una considerable pérdida de tiempo en desplazamientos. Aún así, Vigo se encuentra a tres kilómetros de Santa Eulalia, una caminata asumible.

En diciembre de 1951 José María Penado es padrino de altar en el primera misa que dice allí Nicandro Ares Vázquez , a la sazón alumno de la Universidad Pontificia de Comillas. Siguiendo la recomendación del profesor y filólogo, oriundo del lugar, Montenegro utiliza la denominación de Santa Eulalia, más cercana al griego y por lo tanto, más facilitadora de desentrañar el enigma.

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