Necesitamos tu voto

¿A cómo el kilo?

La próxima vez que les oiga decir algo sobre el bien común, el buen gobierno o los intereses generales, les tiraré la sopa a su corbata royal blue mientras inicio un vibrante zapateado sobre sus pinreles, a ser posible descalzos. Si no me detienen antes.

La decisión la tomo tras acabar de leer las cantidades que el presidente paga a sus sostenedores, sostenes o sujetadores por el apoyo que le ofrecen a fin de solventar el grueso trámite presupuestario.

Qué altura política, qué ejercicio de responsabilidad, qué arduo trabajo de macroeconomía. Qué mierda pinchada en un palo. Toma, unos millones para tus chiringuitos, otros para ti y otro puñado para el de más allá.

¿A cómo está hoy el voto de diputado? Ha subido un montón. No tan caro como la luz, pero por menos de millón y medio no te sirven un escaño a la mesa.

No sé si producen mayor repugnancia los que pagan o los que cobran. O si ambos causan más bochorno por actuar así, o por no disimular ni lo más mínimo presentándose como mercaderes sobornables en lo que denominan el acto más sublime de una legislatura, la aprobación de los presupuestos.

Que si sanidad, que si transportes, que si educación. Zarandajas. Trae para acá esos milloncejos para poner en catalán las pelis y profundizar la zanja. El resto no nos interesa,

Quiero creer que en las anteriores minorías siempre ocurrió lo mismo, pero guardo un vago recuerdo de que años atrás disfrazaban las negociaciones con la apariencia de discutir prioridades. “Es más urgente el puente de Alcántara que el acueducto de Segovia”. O “Mejor es invertir en el campo que en la industria”. Cosas así.

Ahora no. Ahora todo se reduce a la compra del voto, una operación más prosaica y menos hipócrita. La vaca, por lo que vale, y el escaño, para lo que sirve.

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