Persecución hasta Valencia

¿Cómo cantaremos ahora la canción de José Padilla?

No hay ninguna razón objetiva para pensar que podamos remontar el vuelo. El número de cabestros con poder aumenta en una progresión alarmante, no sé si geométrica o aritmética, pero en cualquier caso, muy por encima de cómo lo hacen las lumbreras.

Si será grave la cosa que hasta Lilith Verstrynge, la muy empoderada secretaria de Organización de Podemos, debe admitirlo sin tapujos. Se sabe ahora que Lilith afirmó en sede universitaria que los miembros de su partido carecen de formación para elaborar nuevos proyectos de ley.

Es decir, que se dedican a la política con los mismos mimbres que pondrían encima de la mesa para optar al puesto de gogó en una discoteca, mover el culo con frenesí.

No nos descubre nada nuevo, pero bueno es que se reconozca desde dentro la catadura de las manos en las que hemos puesto los dineros comunes.

Se puede recurrir a multitud de ejemplos, pero hay uno fresquito como una merluza de Celeiro, o de Burela, recién extraída del Cantábrico.

Atañe al Senado, una de las más altas instituciones del Estado, aunque tenga mala prensa y abunden quienes no le dan aprecio. Claro que a la vista de lo que les vamos a contar no es de extrañar que alguien tome al Senado por el pito del sereno.

Los muros de aquella casa, en cuya biblioteca se refugia Fraga para pasar sus últimos años de actividad, acogen estos días una grave y docta discusión sobre cómo ha de decirse, si Valencia, País Valenciá, Comunidad Valenciana, Països Valencianos o Països Cataláns, llegándose a aprobar, entre PSOE y PNV, que esta última fórmula es la fetén, lo que incluye la prohibición de usar Valencia, incluso en castellano.

Si ustedes encuentran por el mundo adelante una gilipollez similar, ganan una muñeca Chochona.

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