López Peña, presidente de los agentes de Negocios

El sarriano funda dos periódicos y la asociación de Escritores Laureados

HUBO UN TIEMPO en el que la acción social y la política pasaban obligatoriamente por los banquetes y los homenajes. Manuel López Peña (Sarria, 1878), lo vive y practica con gran maestría y aunque en su caso los resultados prácticos son exiguos, nadie podrá negarle su enorme afán de ser útil y beneficiar a sus paisanos.

Hijo de labradores y labrador él sus primeros años, López Peña da un giro radical a su vida cuando se traslada a Lugo para ejercer como dependiente de comercio y realizar estudios mercantiles.

Los retos no le asustan. Más bien todo lo contrario y por eso la conquista de Madrid le parece al alcance de sus posibilidades. Funda dos periódicos de escasa repercusión, pero de suma utilidad a sus propósitos, El Defensor del Asegurado y El Acreedor del Estado, alguno de cuyos números está dedicado íntegramente a él.

Se instala en el Paseo de San Vicente, 12 y se anuncia como “Agente colegiado y procurador sin ejercicio. Gestión de asuntos generales, especialmente judiciales, de Guerra y mercantiles; clases pasivas, cobro de resguardos de Ultramar y obtención de certificados de última voluntad

a precios extraordinariamente módicos”.

Es bañista asiduo del Balneario lucense, combate contra los foros y es socio activo del Centro Gallego, del que integra la directiva con Eduardo Vincenti como presidente. Desde ella promueve la Sección de Lugo y amplía amistades.

En 1911 la Ilustración Gallega ya publica un retrato suyo al lado de otro del obispo de Burgos y anterior prelado de Lugo, Benito Murúa. No está mal.

Ese año es de gran actividad, pues promueve la Sociedad de Escritores Laureados Gallegos, de la que será presidente el director de la citada Ilustración Gallega, y vicepresidente, él. Por allí también andan Ramiro Vieira Duran, Ramón Méndez Gaite, Víctor de Silva Posada y José Meirás Otero. Eso de autoproclamarse Laureados y Escritores estaba muy bien, pero tenía corto recorrido.

Asimismo, de este año es la Sociedad Nacional de Agentes de Negocios. En este caso la preside él, con Elías Armesto Aldama como secretario. Dice que reúne a un centenar de ellos.

Al año siguiente, los Laureados convocan en Lugo el primer Congreso literario periodístico. En la directiva hay ya más presencia de Lugo, como el abogado Bautista Varela, el médico militar Jerónimo Sal Lence y el procurador fonsagradino Castor de Aira Barrera. Lo pasaron muy bien.

Otra iniciativa y otros banquetes se los lleva la Casa de Galicia en Madrid, “una organización de mutualidad, cooperación, patronato y cultura”, más ambiciosa que el Centro Gallego, con casa de salud, bolsa de trabajo, centro industrial, escuela de artes, oficios y comercio, residencia de estudiantes, caja de ahorros y ateneo. Demasiados objetivos, aunque por ellos luchen él, José Soto Reguera, Fernando Canoura, Pedro Cereijo, José Dacal, Venancio Vázquez, Ramiro Díaz, Antonio Pardeiro, Luciano Tato y el propio Francisco Franco, entre otros.

En 1917, propone en La Idea Moderna que sea erigida una estatua al alcalde Ángel López Pérez y que se le dé su nombre a la plaza de entrada al barrio de San Roque, que no cuaja hasta 40 años más tarde en el Parque. Al año siguiente, el homenaje es para él mismo y para la concesión de la Cruz de Alfonso XII “por su acendrado amor a los desheredados”. Lo promueven sus amigos Jesús Santeiro, Diego Pazos y Emilio Tapia.

Una de sus últimas iniciativas del año 1930 busca conseguir que los agentes de negocios deban colegiarse forzosamente.

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