La ley del silencio

Pitar o no pitar

Cada día es más apremiante abordar la redacción de una ley sobre pitos y abucheos, y que no sea la del silencio. Dada la manifiesta necesidad ciudadana de mostrar su desacuerdo sobre cómo se dispone la gobernación de la casa común, en el corto plazo de unas horas esta semana se han vivido dos episodios que apuntalan el reclamo de ese reto legislativo.

Se ha echado en cara a los pitadores, pitantes o pitones del 12 de octubre que se hubiesen dirigido con sonoras muestras de reprobación hacia el jefe del ejecutivo tratándose de un homenaje a la patria, al ejército y a lo más altísimo que se te ocurra.

Bien. El argumento parece irrefutable. Sin embargo, al legislador le queda por determinar qué ocurre cuando el respetable considera que es el jefe del ejecutivo quien realiza constantes burlas, menosprecios y cuchufletas a la patria, al ejército y a lo más altísimo que se te ocurra. ¿Deben los pitantes comerse sus pitos para no deshonrar los símbolos y dejar que los siga deshonrando aquel al que no pueden pitar?

Al legislador le queda mucha tela que cortar.

El otro caso tuvo lugar en el merkeliano acto de Yuste, cuando el mismo personaje de antes vuelve a recibir muestras de desaprobación por parte del público allí congregado para homenajear, no a los símbolos, sino a la canciller alemana. Es decir, por un lado, la saliente, y por el otro, la masa pitante.

En tales tesmoforias europeístas nos hallábamos cuando un miembro escoltante del abucheado se dirige a la masa para decirle, poco más o menos: “¿Pero no habíamos quedado en que no lo ibais a pitar, so merluzos?”

Aquí se vuelve a revelar la necesidad de un articulado riguroso al que atenerse sobre la vigencia de los pactos entre los pitantes y la parte pitada, aunque a lo mejor todo se reduce a que cada uno cumpla lo que ha jurado, prometido o apalabrado.

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