La calle sin nombre

Contra el vicio de dar, la virtud de retirar

La historia de España, de sus pueblos y de sus ciudades no se refleja en los callejeros respectivos, sino en los cambios sucesivos que realizan sobre ellos quienes ocupan el poder.

Nadie se libra de la norma y el país avanza con la condena de repetir una y otra vez la ceremonia del trueque viario porque ningún político con capacidad para hacerlo está dispuesto a pisar moqueta sin dejar su impronta. En otro sitio no, pero ahí es fácil.

En Madrid se vive ahora el contencioso contra don Inda y Largo Caballero, en el que se origina rica jurisprudencia. Ya verán cómo vuelve el tema a relucir.

Pero no solo están en pugna personas vinculadas a uno de los dos bandos. En Arrigorriaga, por ejemplo, se han dado cuenta de que tienen 24 calles dedicadas a otros tantos personajes, 22 hombres y dos mujeres. Esto les ha parecido insostenible y van a inyectar savia femenina a la toponimia por vía de urgencia.

Entonces surge otro problema. Al vecino le resulta caro y molesto el cambio, por lo que muchos abogan por incorporar mujeres a medida que se creen nuevas calles, no a costa de las ya existentes. Y en esos dislates se entretienen.

En Madrid se había dado el repajolero caso de que los expertos encargados de documentar los cambios confunden al burlador de Hitler, Juan Pujol García, con el periodista de la Prensa del Movimiento, Juan Pujol Martínez, y las risas causan ondas en las aguas del Manzanares.

Los errores en este tráfico onomástico son habituales cuando la operación renove afecta a varias docenas de calles a la vez. Hay que documentarlos, justificarlos y pasarlos por la prueba del algodón democrático, operaciones todas ellas que exigen tiempo, dedicación, esfuerzo y conocimiento, unos valores que hoy, por desgracia, están a la baja.

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