Pedro Murias, el rey del tabaco habano

Salió de Ribadeo con una mano delante y otra atrás y pronto tuvo su propia fábrica en Cuba

NUESTRO PERSONAJE, EL tabaquero Pedro Murias Rodríguez (Ribadeo, 1840), fue noticia mucho más allá de su muerte, ya que debido al fallecimiento de sus albaceas y a las dificultades añadidas, la solución a su legado prolonga la presencia de su nombre en los diarios más de lo que él hubiese deseado.

Exactamente es un período que abarca desde 1906, año de su fallecimiento, a 1922, cuando se inaugura la Escuela Agrícola Pedro Murias, principal objetivo del legado. Aún así, debe sentirse satisfecho el industrial de A Devesa.

Su vida está ampliamente recogida en sendos libros de Daniel Hortas y Ana Cabana. Martín Fernández Vizoso ha abundado sobre el hombre y otras fuentes sobre él son de fácil alcance. Solo nos resta dar unas breves y gruesas pinceladas.

Su exacto origen debe situarse en San Xián dos Carballos, que es el antiguo nombre de la actual parroquia ribadense de Santalla da Devesa.

Marcha a Cuba cuando ha cumplido los quince años y su primer destino ya es como aprendiz en una fábrica de cigarrillos y picadura. Trece años más tarde está en condiciones de formar sociedad con otros dos obreros y hacerse cargo de la fábrica La Meridiana, fundada el año de su nacimiento. Nace entonces “Murias, García y Compañía”, que acabará siendo “Pedro Murias”, pues en 1878 la disuelve para quedarse como único propietario.

De 1880 data el edificio que utiliza como imagen de sus labores que obtiene gracias a sus 200 empleados. Nuevos éxitos le obligan a nuevas ampliaciones. Introduce la maquinaria más avanzada del sector y a través de las Monturiol, Bonxack, Durau y Luddington lleva el vapor a la industria tabaquera.

Para atender todos los pedidos debe abrir una sección de su fábrica en la cárcel, dando trabajo a gran número de reclusos. Y para garantizar la calidad del tabaco se hace con vegas en Vuelta Abajo, San Juan y Martínez, San Luis, Baja y Mantua, donde instala la enorme hacienda de San Carlos de las Cabezas, con una extensión de 48 millas y 52 granjas. El complejo da empleo a mil familias y merece reconocimientos oficiales por ser el único de esas características en Cuba.

Dispone de médico, farmacia y una red de teléfono particular de 15 millas que lo pone en comunicación con sus almacenes, el Gobierno o la Guardia civil al instante.

Recibe la cruz de Beneficencia, la del Mérito Militar, del Mérito Naval y otras. Mientras la isla era española fue concejal del ayuntamiento de La Habana.

Catorce años antes de su muerte hace un testamento cerrado cuyas disposiciones se ignoran hasta meses después de suceder esta, aunque ya había remitido ciertas cantidades de dinero para diversos fines, como la adquisición de tres campanas para la iglesia parroquial, una de ellas de 20 quintales de peso.

Su deseo era la construcción de un mausoleo en A Devesa a donde se trasladasen sus restos mortales y destinar 300.000 pesos a la edificación allí de una Escuela Agrícola que hoy existe como granja-escuela.

El legado proviene de dos casas en La Habana, 328 acciones de La Tropical y algunos dividendos pendientes de cobro.

Esto da lugar a controversias y dilaciones que finalmente se pueden culminar con éxito en un proceso que atribuyen en buena medida al abogado José López Pérez. López integra la Junta de patronos con el titular del Centro Gallego, presidente nato de la misma; el director de la Beneficencia de Naturales de Galicia, el presidente del Círculo Habanero, La Devesa, y Estanislao Cartañá.

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