El gafe

En inclusivo, ¿hay que decir la gafa?

Naturalmente que el gafe existe. Además de ser una palabra que figura en el diccionario para ser usada, a los gafes les pasa algo así como a las brujas, basta que los demás digan que lo eres para que te invistas con las características de la gafedad, que antes fue enfermedad y hoy contagia mala suerte.

En la política española los hubo muy notables, como Amadeo de Saboya, que sembró la mortandad entre los asistentes a su boda y luego no fue capaz de desprenderse del mal fario. Y si no, que se lo pregunten a Prim.

José María Gil Robles se encarga de colgarle a Francisco Cambó el cartel de “gafe de la política española”. Y eso que no estaban tan lejos en su línea de pensamiento. Cambó se puso del lado de Franco por un razonamiento práctico: “Los otros son peores”. A Franco no lo gafó. A José María, posiblemente.

A Zapatero le dijeron Gafe de España utilizando para ello una imagen de Juan Valdés; ya saben, el recolector que anunciaba Café de Colombia. Gafe/Café. Chiste de pie forzado que no le habrá hecho ninguna gracia.

Y a Sánchez, que yo recuerde, se lo llamaron en prensa el pasado mes de enero. El argumento eran los fracasos de su entorno, Trinidad Jiménez, Miguel Sebastián, Pérez Rubalcaba… y el que se avecinaba de Salvador Illa en Cataluña.

Eso, por lo que respecta al entorno cercano. En el lejano, se vivía la pandemia con intensidad, estaba a punto de llegar Filomena y faltaban episodios tan novedosos como un incendio de sexta generación y el nacimiento de un volcán en una zona habitada.

Quienes los han investigado afirman que los gafes son capaces de contagiar los males, pero no padecerlos. Están vacunados. Algo así como los pulpos de anillos azules, que para ellos mismos no son letales.

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