Antonio Macía Balado, el alcalde que recibe a Franco en 1939

Lo nombra alcalde honorario y crea la Medalla de la Ciudad, que recibirá el jefe del Estado en primer lugar

FRANCO VISITA LUGO apenas tres meses después de acabada la guerra. Al frente de la ciudad se encuentra Antonio Macía Balado (Lugo, 1896), abogado de resonancias sarrianas, casado con María del Carmen Pérez-Batallón, que lleva en la alcaldía desde el año anterior y que la ocupará hasta dos después, cuando le sustituya Manuel Portela Nogueira. Otros dos alcaldes le preceden en los años de la guerra, el comandante Juan Yáñez Alonso y el también abogado Rodrigo de la Peña García.

Antonio hace el bachillerato en Lugo floreado con alguna matrícula en Preceptiva literaria, o sea, el arte de escribir correctamente, algo que hoy parece espantar. Luego, en Deusto, Valladolid y Madrid, se hace abogado.

El año 1926 lo recibe el gremio jurídico lucense, cuando ya es pasante en el despacho de Pepe Benito Pardo. Flanqueado por este y por su suegro, nadie duda que está bien pertrechado para hacer carrera política, primero como concejal, luego como diputado provincial y más tarde, siguiendo los escalones que marcan la secretaría y la vicepresidencia, estar al frente del Círculo das Artes, un trampolín idóneo para alcanzar la alcaldía, pues quien complace a su exigente masa social, bien puede hacerlo con toda la ciudad.

Es magistrado suplente de la Audiencia y el hombre del Bloque Nacional en Lugo. Como todo lector avisado conoce, esa agrupación está en el otro extremo de lo que hoy significan esas palabras, pero se llaman casi igual.

La primera parte de su mandato está presidida por la guerra y la segunda se inicia con la mencionada visita. Como los servicios de seguridad recelan de dar la más mínima pista sobre los movimientos del Jefe del Estado, como harán hasta muchos años después, el anuncio de su presencia en Lugo se realiza de una forma pintoresca. Así, una semana antes El Pueblo Gallego titula: “El próximo y grandioso acontecimiento que va a vivir Lugo”.

En el texto se lee que se debe engalanar los balcones, pero no se precisa por qué. A Macía Balado se le pregunta si es verdad, y él lo confirma: “En breve plazo va a tener Lugo uno de sus más grandes días”. Nada más. En voz baja todos lo saben: “Viene Franco”.

Y en efecto, el 26 de junio de 1939, la comitiva del Caudillo llega al límite provincial y poco después, a la puerta de San Fernando, donde es recibido por el Ayuntamiento y la Diputación en corporación bajo mazas. Macía lo saluda en nombre de la ciudad y ambos pasan a ocupar la parte trasera de un coche descubierto, distinto al usado para llegar hasta allí.

A la izquierda de Franco se sienta el alcalde, con el bastón de mando entre las manos. El visitante viste uniforme de capitán general del Ejército, con camisa azul y boina roja, su imagen más oficial en aquella época.

De esa guisa recorren gran parte de los engalanados cardo y decumanus de la ciudad romana entre los vítores de la multitud hasta la catedral. Luego de orar, el recorrido hasta el ayuntamiento lo realizarán a pie, para pasar bajo un gran arco que preside la palabra Franco.

Macía transmitirá el interés del nuevo líder por los problemas de Lugo y a cambio se le nombra alcalde honorario. Días más tarde se crea la Medalla de la Ciudad para dársela a él y a Ángel López Pérez, pero la fórmula no le parece correcta a López Acuña. Démosle la de Franco, y otro día, la de don Ángel.

Antonio Macía y su mujer tienen tres hijos, Eugenio, Balbina y Manuel y poseen tierras en Arbo. Inaugura la Praza de Avilés frente al parque y suprime los coches fúnebres de caballos. Muere en 1953.

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