Odio entre hermanos

​A borbotones

Se les veía exultantes con la agresión de Malasaña. Habían encontrado la cuadratura del círculo de sus quimeras y la prueba del nueve de sus borracheras ideológicas, de modo que se lanzaron a explotarla, sin atender a la mínima prudencia exigible en todos los juicios, cuanto más a las autoridades públicas.

No solo era un nuevo y ansiado delito de odio, sino que los culpables eran los partidos de la derecha. Franco se libró de responsabilidades por los pelos, aunque en todo el discurso de esa patrulla canalla se adivinaba la omnipresencia ferrolana.

Ningún otro delito común, por grave que sea, los concita al aquelarre del linchamiento. Se han adueñado del discurso infalible, como antaño lo hizo el KKK para señalar enemigos. En ambos casos se sigue el mismo procedimiento, los negros son malos y los que no son de mi partido, también.

Todo se les viene abajo cuando se descubre que la agresión no existió y que son ellos los que se quedan con el culo al aire. Agresión falsa, tesis doctoral falsa, máster falso… todo a juego. Por lo menos esta vez no se les puede culpar de ser los autores del engaño, sino de precipitados y de querer sacar tajada de carne joven.

Pero si nos fijamos en Echenique pontificando sobre la necesaria afiliación de los ocho encapuchados a partidos de la derecha, descubrimos de repente cuánta convivencia han destrozado en muy poco tiempo y cómo fían su éxito en la extensión de ese odio que dicen combatir.

Todo muy triste, muy sórdido, muy navajero. Ni un atisbo de grandeza, altura de miras o intelecto. Hay que ver qué bien nos odiamos y cuántos ministros tenemos que se afanan diariamente a que mejore nuestra calidad de odio; todo ello sin contar con la valiosa colaboración de los periféricos, siempre al loro con su supremacismo separatista.

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