Arroz amargo

Atención paelleros

Me extraña que el Gobierno no haya tomado ya alguna medida en contra de la paella, ni de la tortilla de patatas, ni del salmorejo.

No es por dar ideas, pero todo se andará, porque si dedica sus afanes a menospreciar la enseñanza del castellano allí donde la ley indica que debe hacerse _ y es poco _, si ningunea todo lo que puede al Rey, que es el símbolo de la unidad; si pacta con sus enemigos declarados todo lo que sea con tal de mantenerse; si todo ello ocurre, el sector paellero debe comenzar a preocuparse, pues le toca.

Los turistas vienen a España con cuatro palabras aprendidas en sus países respectivos: Olé, flamenco, Prado y paella, epítomes hispanos del espectáculo, la diversión, el arte y la gastronomía.

A los toros ya están dándole lo suyo y al flamenco lo respetan mientras no se entienda las letras. Al Prado le estarán buscando nueva ubicación fuera de Madrid y a la paella… eso, choca que no la hayan declarado patrimonio de los països catalans para gravarla con un impuesto leonino a tanto el grano.

El nuevo golpe se fragua en doble dirección. La desobediencia a impartir en castellano el 25 por ciento de las clases en Cataluña y el sometimiento a la ley universitaria de Castells, donde se cuece un nuevo desprecio al Rey, a la lengua, a la libertad de cátedra, a la excelencia y por ende, al sentido común.

El furor antilatinista de los bárbaros y el odio a la libertad de los bibliocaustos se funden en la ideología de un personaje nefasto, cuya huella, si no se lava, puede dejarnos rencos a perpetuidad.

A la vista de este comportamiento compulsivo, ¿no les extraña como a mí que la paella se haya librado, hasta hora al menos, de los afanes destructivos de unos personajes que son capaces hasta de hacer amargo el arroz.

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