La muerte de Stalin

Humoratura

A Stalin no lo quería ni su hija, que se cambia el apellido, huye de la URSS y les cuenta a sus vástagos que su abuelo había sido un monstruo. Sus colaboradores y la gente más cercana del partido o del servicio lo odian fraternalmente unidos por el terror que les inspira. El pueblo que le sobrevive tirita en la misma línea, no en vano el cálculo más benévolo de su paso por esta vida le achaca cuatro millones de muertos, y el más severo, 66 millones.

Solo una suerte de desvalidos mentales se dijeron estalinistas y se adscribieron a su legado.

Hay una película con el mismo título de esta columna que además de ser una joya cinematográfica, refleja con mucho humor el alivio y las convulsiones que se desencadenan tras su muerte. Si no han tenido ocasión de verla, hagan por tropezársela.

Por todo ello el 23 de agosto se ha convertido en el Día Europeo de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo, pero este año unos indocumentados de cuyas siglas no quiero acordarme han utilizado el balcón del ayuntamiento de Valencia para colgar un homenaje al tipejo, lo cual demuestra dos cosas. Que la bobada no tiene cura y que el alcalde valenciano tampoco.

Veámosle la parte positiva, que la tiene. Gracias a esos maravillosos activistas se ha propiciado una nueva ocasión para recordar al monstruo, pues no conviene arrojar al olvido personajes como él y su compañero de efeméride, el otro bigote infame.

No me resisto a contarles que El Progreso adelanta en primera plana el anuncio de la muerte de Stalin unos cinco meses, pues aunque esta se produjo de repente, tras una borrachera, el mentalista e hipnotizador catalán Fassman _ José Mir Rocafort _, la predice tres meses antes y se equivoca por poco.

En esa misma sesión de 1952 asegura que Hitler está vivo.

Un comentario a “La muerte de Stalin”

  1. Ramón

    Es cierto.
    Si se hubieran contado de Stalin la décima parte de las cosas divulgadas sobre Hitler, al que no defiendo en absoluto, sabríamos muchísimas tristes verdades.
    Pero la historia demasiadas veces se cuenta, o no, a conveniencia de los ganadores.

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