Última misión en Afganistán

Última, por ahora

Si hubiese algo de lo que presumir en Afganistán no ahorraríamos papel para que lo aguantase negro sobre blanco, pero presumir de lo bien que evacuamos a los refugiados que acabamos de fabricar es como si el ejército español dijese que en el desastre de Annual hizo un día estupendo, con sol desde la mañana.

Hoy he visto cómo lloraba a lágrima viva el periodista Antonio Pampliega, arrastrando en su desesperación a la presentadora Lorena García que lo entrevistaba. Antonio está implicado en sacar de Kabul al mayor número de personas y no se jacta de nada. Lo único que hace, además de prestar esa ayuda, es llorar.

Hay que ser muy mezquino para ponerse medallas en una situación como esta, donde al fracaso se le está levantando un zigurat de proporciones gigantescas y cuyas consecuencias, para los afganos y para todos nosotros, son todavía difíciles de atisbar, aunque en ningún caso se espera nada bueno.

Pampliega conoce el percal de primera mano y sabe que las promesas de moderación son patrañas con las que el propio Occidente endulza su derrota. La moderación no está en la esencia talibán y quienes se agolpan en las inmediaciones del aeropuerto y muchos más que optan por camuflarse lo saben al dedillo.

El pecado de haber caído en el liberalismo, en la moda europea y en el deseo de democracia se va a pagar con creces y las puertas se cerrarán para que nadie entre con ideas disolutas, para que nadie sepa qué se cuece allí y para que nadie salga contándolo.

Por todo eso y por muchas cosas más, solo un fatuo ignorante, abonado a la manipulación y a los trucos, puede decir que la evacuación de los colaboradores afganos supone reivindicar “lo mejor de la UE”, o esa inmensa tontería de que en estos veinte años de presencia allí se ha sembrado.

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