¿Qué hiciste en la guerra, Papi?

Y mandó a parar

Desde el año 1975 en Saigón, al 2021 en Kabul hemos aprendido a retroceder muy bien. A Occidente, me refiero. Si ahora a Estados Unidos le dan un plazo más allá del 31 de agosto, lo bordamos. Va a quedar todo limpio y recogidito para uso y disfrute exclusivo de los talibán, que para eso han ganado la guerra sin disparar un tiro, dicen.

Cómo estarán de acomplejados que hasta el altivo Biden, que se creía el rey del pollo frito y del Kentucky fried chicken, ha llamado a Sánchez para agradecerle la evacuación de 712 personas, cosa que tan solo 24 horas antes no pensaba hacer ni harto de Four Roses.

Desde Saigon se ha perfeccionado lo indecible la máquina de producir refugiados y si echamos cuentas desde la creación de la Sociedad de las Naciones y la posterior ONU ya ni te cuento. Éxitos espectaculares de año en año. Se ve que el tarro de las esencias se agotó en Normandía.

Sin embargo, el episodio de Kabul tiene un valor añadido de difícil cuantificación todavía, pero que se intuye muy relevante e influyente en nuestras vidas. Ojalá les pase como con las previsiones económicas y se equivoquen al revés, pues si tan feo nos lo pintan, lo suyo sería que la paz y la estabilidad en el mundo mejorase como cuando Pericles.

Lo dicho, evacuamos muy bien y muchas personas se van a poder salvar del infierno que hemos creado con gran esfuerzo durante estas últimas décadas. Quizá podría haber sido algo antes, pero las cosas hay que rematarlas hasta los últimos detalles y los talibán no estaban preparados para hacerse cargo de la administración del país. Ahora sí y aquello va a funcionar como un reloj. Lo verán.

De momento están muy pendientes de la hora fijada para que finalice la evacuación. Hay que ser puntuales.

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