Los cuatrocientos golpes

La generación de Muti

Riccardo Muti cumplió ayer 80 años y con tal motivo lo entrevistan para el Corriere della Sera. El que sigue siendo uno de los directores de orquesta más significativos de la época _ el más grande, le llaman _, desgrana su desapego por la nueva sociedad que le toca vivir y lo resume en una frase: Es un mundo en el que ya no me reconozco.

Seguramente lo correcto es pensar que llegados a cierta edad tendemos a no vernos identificados con lo moderno porque rigen modas o costumbres diferentes a las vividas cuando nos tocaba ser jóvenes o maduros.

Esto viene siendo así en los dos últimos siglos, cuando el ritmo de novedades técnicas y la evolución de los gustos artísticos es tan intenso que la sociedad en la que nacemos y la del momento de la muerte se parecen tanto como un rigodón a un perreo.

Cuenta Muti que en su bachillerato le preguntan qué caso gramatical era aqua en la frase “Pluit aqua”, y en vez de ablativo, dice nominativo, lo que le vale una tunda respetable. “Gracias a ese profesor, nunca más me equivoqué en una cita en latín. Hoy lo arrestarían. Por supuesto, estoy contra el castigo corporal, pero echo en falta la seriedad”.

Hemos eliminado los coscorrones, como corresponde a una escuela civilizada y deseable, pero en muchos casos no supimos sustituirlos para que con ellos no se fueran también el rigor, la exigencia, la seriedad y en definitiva, el conocimiento y el ablativo, que es lo que lamenta Muti.

La intriga es saber qué se encontrará al final de sus días esta nueva generación que ha inventado el suspenso como nota baja del aprobado y a qué edad decidirán los países que ya hemos vivido demasiado, como acaban de plantear con toda seriedad en Italia y los Países Bajos.

Muti no lo comprende y solo aspira a la paz: “En mi funeral quiero silencio, si alguien aplaude, volveré a molestarlo por la noche”.

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