Serafín Sarceda, un barítono de rescate en Ribadelago

El odontólogo lucense es encargado del rescate de los cadáveres en el lago de Sanabria, pero la operación no sale bien

AL ODONTÓLOGO SERAFÍN Sarceda Regueiro (Lugo, 1920), lo que más le gusta es cantar como barítono. Y no lo hace mal del todo, de modo que cuando la ocasión es propicia _ y aunque no lo sea demasiado _, Serafín despliega su repertorio.

En El Progreso se recuerdan sus improvisados recitales que buscan arrancar una salva de aplausos entre los redactores y unas líneas de agradecimiento. Pero él atesora otras historias apasionantes.

Es hijo de Manuel Sarceda Gómez y de María Regueiro López. Son diez hemanos, Jesús, Constantino, Aurora, José, Alfredo, Agustín, Román Eliseo, Presentita _ Presentación _, y él.

Es un joven polifacético, interesado en el canto, en la natación, los vehículos de motor y en la apicultura, pues a los 15 años realiza con aprovechamiento un cursillo dirigido por Benigno Ledo, o cura das Abellas.

Estudia Medicina, se hace odontólogo y se instala en Madrid. Antes, o en el medio, sigue en Tenerife un curso de submarinismo y buceo que imparte un jovencísimo Alberto Vázquez Figueroa a bordo del buque-escuela Cruz del Sur, donde el futuro novelista había estado con Jacques Cousteau durante dos años. No nos consta que haya coincidido con Cousteau, pero sí que obtiene un carnet de submarinista de tercera clase.

Con esa titulación llega a ser vicepresidente del Centro de Investigaciones y Actividades Subacuáticas (CIAS), al que le encargan el rescate de los 144 cadáveres de las víctimas de Ribadelago en el lago de Sanabria, cuando en enero de 1959 se rompe el deficiente embalse de Vega de Tera.

Serafín está al frente de las operaciones, pero entre el frío y la inexperiencia, la misión es un fracaso. Vázquez Figueroa, que también acude como submarinista, tiene duras palabras hacia él: “Por absurdas razones de índole política, el mando de la operación no había ido a parar a manos de Padrol, Admetlla, o Vidal, submarinistas de experiencia, sino a las de un dentista, exalumno mío del Cruz del Sur, que a punto estuvo de aumentar la cuenta de los cadáveres de Ribadelago con algunos de nosotros”.

Antes de acabar el propio mes de enero, marchan de allí con un pobre balance de rescates.

Sarceda canta en las reuniones de la Peña Gallega de Madrid que rige Venancio Senra, o en el Círculo, cuando viene a Lugo, donde algunos le llaman conde de Sárceda, para que suene más italiano. También lo hace en sus viajes, como él mismo cuenta después de recorrer el Mediterráneo en 1967 a bordo del Cabo San Vicente, cuando tiene ocasión de entonar la Granada de Agustín Lara en el propio barco, en Nápoles y en la plaza de San Marcos de Venecia. También lo hace de forma esporádica en TvE.

Durante el crucero charla en Dubrovnik con tres mujeres sefarditas originarias de Lugo que conservan un lienzo de la Puerta Falsa de la muralla, que él intenta comprar sin lograrlo.

Cuando regresa de otro viaje a EEUU, pasa por Lugo, almuerza en un restaurante y a los postres les canta a los presentes, que le obsequian con 500 pesetas de propina. Él se acerca a El Progreso y las dona al Asilo de Ancianos.

En 1982 su nombre vuelve a los periódicos, pero por un desagradable asunto, pues resulta herido en la mandíbula, el pecho y la cabeza por las puñaladas que le propina un taxista con un destornillador.

En la calle madrileña de Vicente Muzas, frente al Ambulatorio de la SS de Arturo Soria, el taxista impide el acceso a una plaza de aparcamiento. Tras reiteradas peticiones de Sarceda para que se aparte y cuando toma nota de la matrícula, es agredido.

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