El hombre en la sombra

Era sombrío

¿Se puede decir redondólogo? Sí se puede, porque ya está dicho. Bueno, pues el redondólogo más notorio y notable, Graciano Palomo, nos advierte contra cualquier intento de manipulación interesada por parte de Iván Redondo para presentar su precipitada salida del entorno presidencial como una decisión suya, y la reduce, como habríamos apostado sin comodín, a una ejecución sumarísima, como las del resto de decapitados.

Si pesó más el ridículo por la derrota madrileña, o el bochorno por el paseíllo de Biden, es un corte fino que requiere destreza de tablajero y precisión de cirujano, pues es justo sospechar que otras personas, como la también guillotinada ministra de Exteriores, hayan tenido más responsabilidad en aquel esperpento nacional, donde todos nos vimos reflejados y enrojecidos; tanto o más que con las niñas de Zapatero y los Obama, dos cumbres de la vergüenza matria que tardaremos tiempo en borrar de la memoria colectiva mundial.

Al plato combinado de vergüenza, celos e ineficacia que condena a Redondo, hay que añadir el aderezo de unas lenguas bien afiladas dentro del partido que silbaron contra él desde el minuto uno y que finalmente minaron su figura gracias al deterioro galopante del presidente.

El hombre cree que va a recomponer su empaque por deshacerse de Redondo, pero eso es tan difícil como que Hitler ingresara en el Opus por prescindir de Goebbels. Los defectos que acumula en su mochila son anteriores y mucho más graves que perder contra Ayuso, o que pasear como un bobo al lado del presidente americano.

En cualquier caso, como también señala el redondólogo, que tenga cuidado con su ex, porque no es de los que pasan página fácilmente para ponerse a contar nubes.

Y además tiene 40 años, nueve menos que él. Un pipiolo.

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