Lejos de La Habana

Revolucionarios a distancia

Me extraña leer que las tiendas de Cuba estén desabastecidas. Hace treinta años, cuando recorro la isla de punta a cabo en misión oficial, ya lo estaban para mostrar impúdicas la desnudez de sus anaqueles como si lo que estuviese a la venta fuese la propia estantería.

Ha pasado todo ese tiempo y nada ha cambiado, salvo la acumulación de pobreza, escasez y dictadura. Nuestra impúdica televisión nacional tiene el cuajo de colar en el Telediario los gritos de un desarrapado que clama prometiéndoles a sus compatriotas que nunca jamás volverá a la isla el capitalismo.

¿Qué sabrá él de capitalismo? ¿Qué pensará él que es España, Alemania, Japón o Estados Unidos, en comparación de lo que es Cuba? Detrás de esa imagen puede encontrarse un carnet del Partido Comunista Cubano, o simplemente cien pesos hábilmente deslizados hacia su bolsillo en cualquiera de las comisarías políticas del barrio. Vaya y grite a las cámaras que no queremos capitalismo.

La mayoría del pueblo cubano ya no ha vivido antes de la revolución y si alguno queda que la hizo pensando que los resultados iban a ser los actuales, es porque lo ampara pertenecer a la nomenklatura, un eufemismo como otro cualquiera para definir a los pequeños explotadores.

El sueño se acabó hace muchos años y la historia ya tiene todos los elementos para juzgar a Castro, pero se duda mucho que lo absuelva, porque a la revolución no le basta ser el tránsito de una miseria a otra, de unos dictadores a otros, de una injusticia a una mayor.

Quienes no la padecen por vivir fuera de la isla y elevan su voz para que el castrismo se eternice, o quienes van a tomar mojitos en La Bodeguita del Medio como expresión máxima de su izquierdismo y regresan imbuidos de revolución alcohólica, deberían pensar en ello después de cada trago o bocado.

Un comentario a “Lejos de La Habana”

  1. Ramón

    Y la Pontón y cia ignorando cuantos gallegos, que ayudaron en sus pueblos con obras benéficas fueron expropiados sin indemnización tras toda una vida de trabajo.
    ¿No dice Da Ana que está por Galiza?

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