Castor Aira, de la administración local, a la métrica

El procurador de Triacastela se consuela de la muerte de su esposa a través de la literatura

FUE PROCURADOR Y secretario del ayuntamiento de A Fonsagrada, del cual estuvo apartado siete, o catorce años, según se haga la cuenta. Castor de Aira Barrera (Triacastela, 1868), hijo de Francisco de Aira, secretario del juzgado, y de Concepción Barrera Iglesias, era el segundo de ocho hermanos entre los que hubo curas, monjas y artistas de la pluma y del escoplo.

En un principio la vocación literaria de Castor se desarrolla más en el campo de la política, el periodismo, la polémica y la vida municipal. La prensa de Lugo, especialmente El Regional recoge en sus páginas interminables diatribas en las que Castor es protagonista, bien como El Corresponsal, bien con nombre y apellidos, dando la cara, como escribe una vez: “De nombre Castor, hijo de Francisco y Concepción”.

Los municipios tienen entonces esa vidilla parlamentaria que sustituye con ventaja la de la Carrera de San Jerónimo, porque todos se conocen y todos opinan. En uno de estos rifirrafes las cartas le llegan mal barajadas y le acusan de aprovecharse de unas pólizas personales no expedidas por valor de unas 1.400 pesetas, y lo suspenden como secretario.

Lo reponen en la secretaría municipal con todos los pronunciamientos favorables. Los comentarios que se desprenden del episodio dan para varios volúmenes, pero son irreproducibles por su fárrago y tamaño.

No será su único encontronazo con el concello fonsagradino. Ya jubilado sostiene otro contencioso sobre su derecho o no a cobrar la jubilación, probablemente heredado del caso anterior.

Pero Castor de Aira no pasa al Álbum por asuntos de política local, y eso que podría, sino por las composiciones poéticas en las que cae con todo el equipo, porque en el fondo de su alma subyace un lírico que nadie se imagina.

La metamorfosis se desencadena en 1911 a raíz de la muerte de su esposa, Jovita Páramo y Díaz, a los 49 años de edad, cuando son padres de Concepción, María, Alicia, Segunda, Moisés, Rosario y Salvador. A Castor le queda otro trago posterior, la muerte de su hijo Moisés.

El hombre se refugia en la poesía y al cabo de un año da a la imprenta lucense unos versos que no van a cambiar la historia de las letras gallegas, ni las castellanas, pero que quizá no sean tan malos como opina Couceiro Freijomil.

Su primera entrega lleva el significativo título de Amar y sufrir, con prólogo de Ramiro Vieira Durán. Son sentimientos sencillos, con rimas más sencillas todavía, pero nacidas de la sinceridad, lo que produce algún acierto digno de mención.

El marchamo de profesionalidad en el oficio de escribir se lo confiere el autor del prólogo,Vieira Durán, que a la sazón preside una simpática Asociación de escritores gallegos laureados, en la que ingresa. La asociación viene a ser un remedo de la Academia, que reivindica, entre otras muchas aspiraciones, poder nombrar un senador entre sus socios. Casi ná.

Otros laureados son el obispo de Jaca, Isidoro Bugallal, Luis Gorostola, Julio Pérez de Guerra y Narciso Goy.

El segundo poemario, Bágoas conxeladas, es de 1916 y mantiene como eje central la ausencia de la mujer amada, como aquí se pone de manifiesto:

“Para dar tregua a mi llanto / Pensando en mi desventura, / Tan solo encuentro descanso / Al pie de tu sepultura”.

Diez años más tarde reúne fuerzas para el tercer volumen, Facetas, que se vende al precio de Dos pesetas. Si intenta comprarlo hoy a través de algunas web que lo ofrecen, verá que su precio es de 350 euros, lo cual supone una revalorización extraordinaria.

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