Julia Ibarra, una excelente escritora semidesconocida

Nace en Lugo cuando su padre es teniente fiscal de la Audiencia y vuelve luego a dar clases

SU PADRE ES el teniente fiscal de Lugo desde 1921. Por eso Julia Ibarra Pérez-Campoamor (Lugo, 1923), nace fuera de Oviedo, el lar de las dos familias, la de Ángel Ricardo Ibarra García, que será fiscal en media España _ Villafranca del Bierzo, Liria, Gerona, Bilbao, León, Tarragona, Oviedo… _ y la de Pura Pérez-Campoamor, un doble apellido asociado a la actividad comercial que se origina en Oviedo, donde todos los conocen así, aunque los apellidos auténticos sean Martínez y Menéndez.

Por esa razón, Ricardo, en nombre de Julia, y otros parientes, promueven una autorización para usar el Pérez-Campoarnor, “por los perjuicios que de lo contrario se les acarrea”.

Julia estudia Filología y obtiene la cátedra en Lengua Latina, asignatura que la traerá de nuevo a Lugo. Se casa con el también catedrático de Historia del Derecho de la Universidad de Oviedo, Ignacio de la Concha.

Su regreso a la ciudad amurallada se produce en 1955, con 32 años, y al siguiente es nombrada vicedirectora del Instituto femenino. Forma parte del jurado del premio periodístico San Froilán 1957, que preside José María Velayos Pérez-Cardenal con toda la plana mayor de la prensa lucense. Lo gana Alejandro Armesto. Aquí permanece tres años.

Sus posteriores destinos más estables serán en los institutos Doña Jimena, de Gijón y Aramo, de Oviedo.

A veces se dice de ella que fue una escritora tardía, aunque quienes la conocen lo niegan. Escribe siempre, publica tarde. Se inicia con La melodramática vida de Carlota Leopolda, de 1983, una novela corta y catorce relatos. Seguida de La mecedora, de 1986, y Sasia la viuda, que merece el premio Tigre Juan de 1987 y donde recrea un hecho histórico la época romana.

Su obra se completa con Cuentos de ánima trémula (1989), Mujeres en el sofá (1995) y Todas adorábamos el negro (1997), amén de los cuentos publicados en la revista Clarín.

Son relatos de gran perfección técnica en los que muchas veces los objetos cobran vida para contar otra realidad. Muñecas, mecedoras o las butacas jubiladas del Cine Aramo, situado frente a su casa de la calle Uría, le sirven para armar unas narraciones de seres fracasados con una gran economía de lenguaje. Siempre se consideró ninguneada por su condición de provinciana y la verdad es que su literatura está por encima de la media en sus años. Lo típico en España.

Luis Arias Argüelles-Meres le dedica una de sus Semblanzas carbayonas en El Comercio de Gijón, donde cuenta su relación con la escritora y donde se incluye el dibujo que figura en el cromo. Desde que enviuda vive en compañía de un perro y un gato, que según Arias, eran excelentes amigos.

En su último libro, Todas adorábamos el negro, toma como punto central ese color en la consideración de dos mujeres, Leticia y Laura, enamorada del mismo hombres, así como dieciocho relatos donde plantea una infinidad de sentimientos humanos que interesan desde el primer momento y que agradecerá el lector poco aficionado al tremendismo, ya que Julia es profundamente clásica.

Se le ha criticado una visión especialmente pesimista sobre la vida y una obsesión constante por la muerte.

Al margen de los libros, su último relato fue Efecto luciérnaga, en Clarín. Fallece en 2002, a los 79 años. Entre sus cuadros hay un retrato de Ricardo Ibarra, su marido, de Vaquero Palacios, y otros de Nicolás Soria y Piñole.

Llevaba muy mal el desprecio moderno hacia el latín. “En mi época, se le considera el álgebra del pensamiento”, recordaba.

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