Rebelión en las aulas

Ahora son los ministros

El sapientísimo ministro de Universidades, ilunense él, aunque con marchamo catalán, acaba de exponer una teoría según la cual, antes de calificar a sus alumnos el profesor debe tener en cuenta el patrimonio de sus padres, la declaración de la renta, las condiciones medioambientales en las que vive, las dotaciones de comodidad de su vivienda y lo más sorprendente de todo, el nivel de educación de las personas que le rodean fuera de clase y la armonía que reine entre ellas.

Una vez que disponga de esa abundante información, ya puede ponerse manos a la obra para repartir suspensos a gusto. Una economía saneada, una vivienda con wi-fi, lavadora y nevera, unos padres universitarios y una bonita historia de amor entre ellos, puntúa a la baja; mientras que si el alumno es deficiente en algunos de esos apartados, se le compensa al alza.

Como ese cúmulo de información es prácticamente inabarcable para el gremio de la enseñanza, pues deberían dedicar media jornada a ser detectives, la autoridad docente tiende a restar importancia al suspenso, sea el niño hijo de los duques de Picopadierna, o de unos chorizos de supermercados, lo cual va a producir una gran justicia social y una enorme expansión de la ignorancia.

Como se trata de que los desfavorecidos no pierdan curso, puede darse que al final avancen a gran velocidad… pero sin notas, ni conocimientos para hacer la carrera de sus sueños. Eso no parece preocuparles ni a Castells, ni a Celáa, ni a Sánchez. Dios proveerá. Perdón. Qué digo. Dios no, la República.

Y si se caen los edificios de los arquitectos, se mueren los enfermos de los médicos o colapsan los puentes de los ingenieros, nos desayunaremos con el añadido de que el responsable no había perdido ningún año por culpa de sus suspensos. Y todos contentos.

Comenta