Eugenio Funes, el eslabón perdido de la carrera espacial

El inventor de Quiroga reclama su crucial protagonismo en una triste historia de ingenio y fracasos

LA TESIS MANTIENE que sin un invento de Eugenio /Uxío Funes (Quiroga, 1928), la llegada del hombre a la Luna se habría retrasado.

El planteamiento no parece asunto menor, máxime ante el grado de desconocimiento que envuelve al personaje, excepción hecha del documental “Funes. O inventor da lúa”, dirigido por Enrique Otero, que ha seguido sus huellas y al que debemos los datos de este cromo. En él colaboran la Universidad de Santiago y el Instituto Tecnológico de San Antonio (Texas).

Los Funes son de San Mamede de Fisteus, donde el rapaz da muestras de su habilidad innata para arreglar cualquier tipo de aparato. Su padre, afilador y aficionado a la Física, es fusilado delante de la familia durante la guerra. Lo acusan de republicanismo, y su negocio es expropiado.

Siguiendo los consejos de una revista alemana, Eugenio consigue mejorar los cultivos de sus tierras. Crea un dispositivo para electrocutar los cerdos, en vez de acuchillarlos; sus gallinas ponen más huevos y logra un aguardiente con higos.

La explosión de un alambique lo lleva a la cárcel y al salir comprende su auténtica dimensión de inventor. Desarrolla un sistema de extracción de agua que garantiza el suministro de cualquier pozo. Conoce entonces a Juan López Suárez, Xan de Forcados, y por su mediación entra en contacto con un grupo de empresarios suecos.

Uno de ellos, Johannes Smerkelsson, se lo compra y lo comercializa por toda Europa. Él se siente estafado e iracundo, le envía un paquete explosivo por lo que es detenido un anarquista. Arrepentido, se confiesa autor del envío. Ha de ser Xan de Forcados quien medie por su libertad y lo acoja bajo su tutela, convencido de su enorme valía.

Va a la Universidad de Santiago y se enfrasca en la invención con tal ensimismamiento que cuando le dicen que su madre ha muerto atropellada en Lugo, ni siquiera reacciona. Luego se deprime.

Se casa con Rosa Pereiro, con la que tendrá un hijo, Antonio, actual nanotecnólogo. Mediados los sesenta, Xan de Forcados le ofrece un puesto en Arxeriz, aunque le sugiere, como condición inexcusable, que antes amplíe sus estudios en el citado Instituto de Texas.

Ya en EE.UU., Funes conoce el accidente del Apolo 1 y las causas que originan el fuego en la cabina. Escucha al ingeniero que busca soluciones y contacta con él para ofrecerle su colaboración. Tiene una idea que puede funcionar. El hombre le entrega su tarjeta en la seguridad de que nada bueno puede derivarse de aquel gallego tan creído.

Sin embargo, apenas unas semanas después, Funes vuelve a llamarlo para decirle ahora que ya sabe cómo evitar los accidentes. Se trata del retilador, un aparato que consigue el aislamiento del circuito eléctrico de las naves.

En 1969 vuelve a Galicia, donde conoce a su hijo, nacido en ese tiempo. Funda Agrotécnica, investiga sobre la pasteurización de la leche y se asocia con Aquilino Somoza, con el que no se entiende. Una de sus aportaciones son las bolsas de poliuretano para envasar la leche.

Ya en 1974 descubre en una revista que la NASA se atribuye el invento del retilador, lo que le produce una nueva depresión. No obstante, hace llegar sus protestas al mismísimo presidente de los EE.UU. que jamás le contesta.

La quiebra empresarial lo sume en el alcoholismo y en la soledad de una caravana donde muere en 1987.

Su extraordinaria historia recuerda la de José Echavarría, Pepe Maravillas, el ferreiro de Riotorto que inventa el tanque inglés de la I Guerra Mundial.

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