Antonio Casares, y la luz se hizo en Compostela

El científico monfortino es uno de los que intervienen en la identificación de los restos del Apóstol en 1879

EL PASADO VIERNES se cumplieron los 170 años de la noche en que Antonio Jacobo Casares Rodríguez (Monforte de Lemos, 1812), produce el primer arco voltaico con el que se ilumina un edificio público en España, el claustro de la Universidad de Santiago de Compostela, que también fue facultad de Derecho y es la actual sede de Geografía e Historia.

En ese momento Santiago es la proa de la investigación sobre electricidad.

El científico sitúa 50 pilas Bunsen conectadas a un regulador Deleuil con dos electrodos de grafito encargados de generar el arco voltaico, unos conocimientos al alcance de otros, pero sin la determinación del monfortino.

Aún han de pasar 25 años hasta que la lámpara incandescente permita la iluminación eléctrica de las ciudades y 30, para que otro lucense, López de Neira, la encienda en Vigo.

El experimento de Casares gusta tanto que los fuegos del Apóstol del 24 de julio de 1852, un año después, se repite en el exterior de la catedral para que el asombro alcance por igual a legos y a clérigos; a expertos y a profanos.

Si se dijo entonces o no que la noche estaba barrida de la Tierra; si la frase es de Casares, Alcolea, Cos o de un bibliotecario culterano al que sólo escucha Cotarelo Valledor desde las regiones placentarias, es detalle que adorna, pero no modifica la importancia de un acontecimiento que hará rabiar de envidia a universidades muy creídas.

A todas estas, Casares es químico y farmacéutico, pero con entendimiento y saberes para que se le tenga por maestro humanista y renacentista.

Razones no faltan para ello, pues además de doctor en Filosofía cursa estudios de Mineralogía en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid.

Desde que tiene 24 años es el primer catedrático de Química Aplicada a las Artes de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago y desde sus 33 años es el primer titular de la cátedra de Química en la facultad de Medicina. Al frente de ella estará 43 años, los que van desde su creación hasta la muerte del sabio, o sea, la segunda mitad del XIX casi por entero.

Hacia el ecuador de su cátedra, Castelar lo nombra Rector, para que la autoridad oficial coincida con la real. Amén de eso, ocupa otras responsabilidades académicas.

Como el espacio apremia, digamos en corto que es pionero también en el uso de la espectroscopia en España _ estudio de la interacción entre la radiación electromagnética y la materia, con absorción o emisión de energía radiante _, creador del análisis químico y sintetizador del cloroformo y del éter que permitieron las primeras intervenciones quirúrgicas con anestesia.

Sus amplios conocimientos le posibilitan para estudiar las aguas minerales y los vinos, en concreto las de Caldas de Reis, Cuntis, Arteixo, Carballo, Mondariz, A Toxa y Sousa, continuados por otros fuera de Galicia. Los referidos a la presencia del rubidio y el cesio son considerados como un descubrimiento.

Otro campo de sus trabajos es la mineralogía. En Cabo Ortegal descubre la morenosita _ bautizada así por el académico Antonio Moreno Ruiz _, y en San Andrés de Teixido, la zaratita, con la que homenajea a otro tocayo, el dramaturgo Antonio Gil y Zárate.

Como no podía ser de otra forma, es consultado por el cardenal Miguel Payá Rico sobre la autenticidad de los restos del Apóstol y sus dos discípulos en 1879, es decir, el redescubrimiento.

Entre sus obras, Manual y Programa de Química general, y Tratado práctico de análisis químico de las aguas minerales y potables.

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